Marruecos, Semana Santa 2002
VIERNES, día 22/III/02
Salimos de Santurtzi, al igual que el año anterior por las mismas fechas, henchidos de ilusión y de esperanza. Habiamos confeccionado todos los planes, estudiados minuciosamente, para que todo saliese lo mejor posible, y especialmente ajustándose a los horarios previstos, pero siempre contando con que no tuviésemos alguna avería.
Sin abandonar la autopista fuimos recorriendo kilómetros y kilómetros, al principio con bastante calor, y posteriormente con algo menos de luz. Poco a poco llegamos hasta los alrededores de Madrid, repostamos agua y diesel, y nos lanzamos a la aventura de cruzar la ciudad por la principal arteria, la M-30. Esta vez no estaba sucediendo como el año anterior, que ya antes de llegar a Madrid había comenzado a oscurecer. Las casi dos horas que habíamos conseguido adelantar la salida nos estaban dando un margen de luz bastante importante.
Nuestra furgoneta marchaba bastante bien, mantenía ritmos de casi 100 km/h, salvo en las subidas fuertes. No recuerdo a qué hora comenzamos a cruzar por la citada M-30, pero seguro que no mucho más allá de las 8 de la tarde. Teniendo en cuenta que estuvimos retenidos antes de Briviesca por un control de la Guardia Civil, más el tiempo dedicado a reponer agua y diesel, más algo que invertimos en arreglar una bombilla de gálivo, supongo o quiero recordar que tardaríamos unas cinco horas más o menos en llegar hasta dicha localización. Sin ningún tipo de retención salimos en dirección sur. Habíamos oído en la radio que se estaban produciendo retenciones en diversas salidas de la ciudad, pero nosotros no tuvimos la suerte de vivirlas. Casi sin darnos cuenta nos plantamos en la N-IV, carretera de Andalucía.
No queríamos detenernos ni un momento, necesitábamos poder avanzar lo máximo posible. Yo sabía que jugaba con desventaja, pues los otros vehículos que nos acompañarían en el viaje eran bastante nuevos y por tanto mucho más potentes y rápidos. Trataba de llegar lo más al sur posible ya que según la información de que disponía ellos saldrían al atardecer. Íbamos haciendo kilómetros, hasta que a la altura de Valdepeñas nos adelantó una autocaravana. Memoricé la matrícula y Bego contrastó con la documentación que Manué nos había enviado. Era una de las grupo. Les llamamos por teléfono y les hicimos saber que íbamos detrás de ellos. Nos informaron que la otra autocaravana venía por detrás. Unos momentos después recibimos una llamada de Sergio que nos informaba que se quedaban a dormir en un área de servicio. Hicimos de puente e informamos a los ocupantes desconocidos de las otras autocaravanas del lugar en el que nos pararíamos a dormir.
A las afueras de Bailén encontramos la salida 12, y tomando la dirección de un pueblo llamado Ojailén, nos detuvimos en la gasolinera en la que sabíamos que ya estaban varios de los integrantes de la aventura marroquí. Una vez detenida la furgoneta les saludamos, esperamos a que llegase la última autocaravana, y en vistas de la hora que era, decidimos cenar algo y acostarnos, pues nosotros llevábamos recorridos casi 800 km. y estábamos algo cansados, además propusimos partir a la mañana siguiente hacia las 9, lo cual suponía tener que levantarnos una hora antes, y cuando se está viajando, se debe guardar bastante escrupulósamente el descanso mínimo.
SÁBADO, día 23/III/02
Como habíamos acordado por la noche, nos pusimos en marcha hacia las 9 de la mañana. Sugerí que todos repusiésemos combustible para no tener que ir deteniéndonos todos cada vez que uno lo necesitase. Félix se puso en cabeza y yo debía ir a su cola, pero pronto me resultó imposible seguirle, y continuamos hasta las proximidades de Algeciras los otros tres vehículos, comandados por el nuestro, que por ser el más lento, debía marcar el ritmo del grupo.
Antes de acceder al recinto portuario, paramos a repostar en el km 116, donde nos reencontramos con nuestros predecesores. Buscábamos agua y pan. Yo fui caminando hasta un centro de servicios, pero allí sólo ofrecían menú del día. La decisión fue seguir hasta un Carrefour que encontraríamos unos km. más adelante. Estábamos a punto de llegar al recinto portuario, por lo que debíamos aprovisionarnos de todo lo que considerásemos necesario. Nos desviamos de la carretera por la que circulábamos y entramos hacia la zona comercial. Cuando nos disponíamos a entrar al parking de la misma, un señor con un ford fiesta rojo, bien vestido, circulando por el carril contrario, pero adelantándonos, nos hace señas para que le siguésemos. Cuando detuvimos los vehículos pudimos comprobar que no tenía nada que ver con dicho centro comercial. Pero sí recibimos de sus manos la información necesaria para poder asegurar que es conveniente contactar con él para próximas ocasiones. Nos ofreció los billetes del barco con un 30% de descuento. Me llevó con él hasta un parking del barrio de Palmones, junto al polideportivo, siguiendo las indicaciones del Restaurante Willy. Y si todo esto resulta anecdótico, lo más gracioso es que el señor se llama Juan Carlos Gutierrez. ¿Quién no conoce ese nombre?.
Sin el más mínimo interés de hacer publicidad del negocio de este señor, adjunto su dirección y datos, para que si alguien los necesitase pueda ponerse en contacto con él, a fin de gestionar billetes y demás documentos para el paso del estrecho.
Juan Carlos GutiérrezPortable (móvil): +34 606 28 88 80Fax: +34 956 60 62 20C/ Barbo – Urb. Alborada, 2211207 AlgecirasPalmones, salida 112
Una vez que nos aprovisionamos de pan calculamos que podríamos llegar al puerto con bastante adelanto, por lo que no era descabellado pensar que podríamos coger el barco anterior al previsto. Rápidamente arrancamos los vehículos y nos pusimos en marcha. Yo íba en cabeza y marcaba el camino al resto del grupo. Llegamos al puerto y nos encontramos con Manué y familia. Éste nos indicó que si nos poníamos en la fila podríamos entrar en el barco que estaba cargando. Así lo hicimos, y a las 16 h nos encontrabamos viajando rumbo a Tanger.
Como ya sabíamos, en el mismo barco arreglamos los papeles de los pasaportes, y ya sólo nos quedaba disfrutar del excelente día que teníamos, de las vistas tan inmejorables, de la temperatura tan veraniega, de la suave brisa que nos acariciaba y nos invitaba a permanecer en cubierta. Allí, con aquel sosiego, y ya todos los integrantes de la expedición reunidos, en copañía de la familia Roldán, nos fuimos conociendo un poco mejor. No se nos olvidaron algunas fotos de rigor, que siempre vienen bien para el recuerdo.
Y entre medio presentaciones y preguntas para poder identificar a cada cual, asociando nombres y caras, fueron pasando ante nosotros las Pilares, Carmen, Mariano, Rosa, Pedro, Guadalupe, Félix, Nacho, y los hijos e hijas de los mismos. Nuestros nexos ya conocidos, Ma José y Manué, con los que tuvimos un efusivo encuentro, eran los que para bien o para mal serían nuestros acompañantes durante una semana, y con quienes tendríamos que convivir durante muchas horas.
Con bastante tiempo de adelanto sobre los mejores horarios previstos, llegábamos a Tanger, donde Manué, con buen conocimiento del medio en el que se movía, agilizó los papeles de entrada al país vecino, utilizando para ello la técnica del propineo.
Una vez en marcha, y poniendo los relojes en hora con el horario marroquí, enfilamos la salida de la ciudad y tomamos la carretera de Asilah. Al llegar a una zona próxima a Briex, en un restaurante que ya conocíamos del año anterior, paramos a cenar. Sabíamos que el pescado que allí ofrecen e muy fresco, y muy bueno. En el mismo salón, en las mismas mesas, cenamos hasta no poder más. No faltó de nada, y el precio el mismo, no superó las 1000 pts, ahora ya los 6€.
Eras más de las 10 de la noche local, había oscurecido, y podíamos acercarnos hasta Asilah, para encontrar un lugar donde pernoctar, bien en el puerto, o bien en el paseo de la playa almismo. Pero tampoco teníamos muy claro que estuviese permitido, o que cinco vehículos del tamaño de los nuestros no llamasen demasiado la atención. Ante estas vicisitudes, Manué comentó con el dueño del restaurante sobre la posibilidad de que nos quedásemos allí mismo. Nos ofrecieron un lugar alejado de la carretera, tranquilo, y seguro, ya que junto a nuestros vehículos se aposentó un vigilante durante toda la noche.
DOMINGO 24/III/02
Por la mañana, tratando de respetar los horarios que se proponían, y a sabiendas de que la jornada sería larga, repusimos aguas y limpiamos depósitos. Salida hacia Asilah, para tomando la autopista a 13 km. continuar hacia Larache. Había una espesa niebla, que a medida que avanzaba el día, se fué disipando.
Queriendo ahorrar unos km. y comunicándonos a través de las emisoras, decidimos salirnos de la autopista a la altura de Kenitra, pasamos por el centro de la ciudad hasta que conseguimos encontrar la carretera que lleva hasta Si-Allal-el-Bahraoui. La carretera acortaba a 28 km. lo que nos hubiera supuesto 65 por autopista.
Seguimos viajando nuevamente por autopista hasta llegar a Meknes. Una vez en el peage, paramos un momento, que algunos aprovecharon para picotear algo o hidratarse. Era pronto, las 13’30, por lo que todavía se podía circular un ratito más antes de comer. Yo trataba de recordar dónde había Manué adquirido las bandejas de madera de cedro, y todo me hacía presuponer que tuvo que haber sido en El-Hajeb, por lo que pasamos por Boufakrane sin detenernos. Una vez superadas ambas localidades comprobamos el error, y continuamos hasta el balcón de Ito.
Nos detuvimos, algunos adquirieron algunas baratijas, fósiles etc. Como quiera que hacía bastante viento, decidimos comer algo rápido en las autos, de ese modo no había que montar y desmontar mesas, sillas, etc.
Mientras comíamos aparcaron en dicho lugar dos vehículos de nacionalidad española, de los cuales unos llevaba matrícula de Bilbao. Nuestro grado de timidez y discreción nos lleva en muchas ocasiones a ser un poco insolidarios, o más bien mal educados, por lo que no nos presentamos, ni tampoco les saludamos.
Repostamos combustible y al llegar a Azrou no nos vimos obligados a detenernos en la gasolinera que hay a la salida del pueblo en dirección al bosque de cedros. En el centro del pueblo, en un cruce perdí contacto visual con el resto del grupo, pero inmediatamente contactamos a través de las emisoras. Manué ralentizó la marcha y nos fueron esperando.
En la pendiente tan pronunciada no tuvimos tiempo para adelantar un vehículo pesado y nos quedamos algo descolgados. Nos informaron que se habían detenido en la esplanada donde venden las baratijas. La furgoneta se calentaba, accionamos el electroventilador manualmente, y llegamos hasta el lugar donde se encontraban los demás. Compramos varias cosas y cuando el sol ya estaba avisando de su despedida, reemprendimos viaje, no sin antes dar un vistazo a las familias de monos que el año anterior habíamos conocido. ¡No se acordaban muy bien de nuestras caras!
Seguíamos ascendiendo, y desde los 1250 m de altitud a los que se encuentra Azrou, pasamos por los 2104 del paso de Jbel Hebri. A partir de ahí fuimos descendiendo por una esplédida carretera como es la P-21, hasta Timahdite con sus 1815. La noche se había cernido sobre nosotros, así que nuestro mayor interés era el de llegar a Midelt. Seguíamos descendiendo, y en esta ciudad ya estábamos a 1488 m. A la entrada de la localidad preguntamos a un grupo de niños, que no nos entendieron, pero que sí trataron de vendernos unos crótalos por 1 Dh. Manué incorporó a su autocaravana un espontáneo que nos sirvió de guía, y nos levó hasta un hotel.
A la entrada al perking del mismo observé que 30 m. más delante de dicho parking había una señalización de camping. Manué y yo fuimos hasta ese lugar, llamamos al timbre, y pudimos comprobar que el camping existía, pero el adjunto pretendía instalarnos en el parking del hote, supongo que con intención de recibir una recompensa.En dicho hotel nos informaron que para utilizar —- debía cenar en el mismo.
El camping, que nos salió por un precio ridículo, 5 Dh/pax y 10 Dh/vehículo, disponía de unos servicios muy discretos y toma de agua, con zona verde. Creo recordar que era elcamping municipal.
Como no era demasiado tarde, sugerimos darnos un paseo por la localidad, y de entre las cosas que sucedieron, se incluyó a la actividad la visita a un almacén de alfombras bereberes. Varios compraron algunas, después detomar el té y de escuchar sobre la simbología de losdibujos que se encuentran en ellas. Antes de entrar en dicho almacén pudimos vivir en directo la lucha que mantuvieron entre sí varios vendedores, cada cual pretendiéndonos llevar a su local, y ofertándonos lo mejor, lo más auténtico, lo más económico, lo de mayor calidad. Pero lo que sí dejamos de ver fue el taller de las hermanas franciscanas, que es donde realmente se confeccionan alfombras, tapices, mantas y bellos bordados. Parece ser que aunque los precios son un poco más altos que en los demás almacenes, la calidad de los trabajos es excepcional. A pesar de encontrarse en la casbah Myriem, en dirección a Jaffar o Tattiouine, no tuvimos tiempo de acercarnos hasta allí, por lo que no pudimos comprobar la veracidad de la información de las guías.
Una vez en el camping, cenamos y nos acostamos lo antes posible, con el compromiso de madrugar para marchar lo antes posible.
LUNES, día 25/III/02
Antes de llegar a Midelt la noche anterior, en la penumbra de la oscuridad, y mientras conducíamos en dirección a dicha ciudad, una masa blanquecina se vislumbraba frente a nosotros. La luna, sempiterna compañera en casi todo el viaje, reflejaba un resplandor indescriptible a la altura del horizonte, que me hizo preguntarle a Manué a través de la emisora sobre la identidad de la misma. Ellos como nosotros creían que podría tratarse de nieve, que al día siguiente pudimos comprobar cómo no estábamos desacertados. Todo los alrededores de la ciudad estaban circundados por una corona blanquecina, que revelaban y denotaban un halo de majestuosidad. Allí, arriba, sobre el circo de Jaffar, entre los 2250 m., donde termina la pista, y los 3737 m., donde culminan las cumbres del Jebel Ayachi, la nieve insinuaba la grandeza del entorno. Y es que lo que quedaba abajo, no dejaba de sorprendernos.
Arrancamos desde la ciudad por una carretera llana, pero pronto nos vimos obligados a superar un pequeño puerto con los 1907 m., se trataba de Jbel Ali-ou-Rbeddou. Pero si el puerto fue sorprendente, más fueron los accesos al mismo. A ambos lados de la carretera divisamos miles y miles de km. cuadrados de desierto pedregoso. Podríamos decir que no se atisbaba ni una brizna de hierba, pero allí, en aquella desolación, veíamos rebaños de cabras, de ovejas; y como adheridas al suelo, tratando de escamotearse entre las piedras, las haimas.
Y de entre los rebaños, de junto a las haimas, salían niños corriendo a saludarnos. Paramos en la subida del puerto para hacer una foto de una vivienda de esas de tela, que se encontraba agazapada en la ladera de la montaña. Luego de adelantar al camión que nos precedía discurrimos con rapidez hasta alcanzar al grupo. Más adelante Manué paró en una localidad en la que había existido una kasbah, pero las últimas riadas la habían arrasado, podría tratarse de Nzala. Los niños se agolparon junto a las furgonetas, y pude comprobar muy de cerca lo que significa la frase de la “ley de la selva”. Bego quiso repartir una gominolas entre unas niñas, pero una trató de impedir que las demás pudieran cogerlas, para ello abarcó con su mano el puño de Bego, y presionó fuertemente impidiendo que alguien pudiera hacerse con alguna. Finalmente Bego, con la mano dolorida, soltó como pudo aquella opresión, y la niña se hizo con el botín.
Continuamos unos kilómetros más adelante, y pudimos ver los primeros dromedarios pastando por lo que debiéramos llamar desierto. No es un desierto al uso, de arena, pero sí se trata de un paisaje inhóspito, donde difícilmente crece vegetación alguna. Y entre tanta aridez surgió un poblado ¿???, a cuya salida nos encontramos con un estanque en el que las aguas eran termales. Después de pararnos durante unos momentos y de hacer varias fotografías, además de contemplar como aquellas aguas, embotelladas de forma un tanto peculiar, reemprendimos la marcha. Durante el trayecto siguiente Manué me informa que aquella no era la fuente que mana aguas termales a 50%, que la que figura en las guías es la de Hammat Mulay Ali Sherif, que es rica en sulfatos y en magnesio.
Continuamos descendiendo por el valle del Ziz, y dejamos atrás la ciudad de Rich, que es un centro administrativo situado al pie del Yebel Bu Hanid, desde donde podríamos habernos desplazado por las pistas 3439 ó 3438 hasta la zauía de Sidi Hamza, en cuya biblioteca se guardan obras muy antiguas, pero la desviación nos hubiera supuesto 30 km. de ida y otros tantos de vuelta. La falta de tiempo nos obliga a proseguir nuestra ruta, y por ello tenemos que pasar por el famoso túnel del Legionario, llamado el túnel de Fum Zabel, horadado en 1930 por los militares que construyeron la carretera que llevaba a Er Rachidia. Llevamos a nuestra derecha un amplio valle en el que se descubren zonas de palmeras, podría decirse que es un oasis. No hemos dejado de vista esa zona exuberante cuando tras un pequeño cañón y una suave subida, comenzamos a ver la presa de Asan Addakhil. Esta presa la construyeron para retener las aguas del río, que hasta hace poco, en épocas de lluvia se volvía devastador, y de esa forma una vez controlado, sirve para regar toda la región de Tafilalet.
Llegados a Er Rachidia con sus 1060 m de altitud, hasta la que hemos descendido perdiendo bastante altura, nos encontramos en un cruce y una carretera principal. Manué vuelve a montar otro guía en la autocaravana, que nos lleva hasta el aparcamiento del mercado central. La ciudad es grande y moderna, que creció en el cruce de los grandes ejes caravaneros en dirección del Dades y de Tafilalet. En otro tiempo se llamó Ksar es-Suq. En 1979 tomó el nombre del sultán alauita Mulay Rashid, que había salido de la región en 1666 para derribar al sultán saadí. Esta ciudad sirvió de base a la legión extranjera, y cuando cobró su auge a principios de siglo, fue construida en forma de damero, y por tanto, sin demasiado encanto. Pero sin embargo es un gran mercado agrícola.
Cuando reiniciamos la marcha, pretendiendo salir de la ciudad, nos encontramos con que unos motoristas tenían cortada la carretera. Se trataba de soldados que daban prioridad a un convoy de tanques que volvían del campo. Repostamos combustible y continuamos hacia Meski. Al llegar a dicha localidad, Manué se desvía y entra en el Source bleue de Meski. Yo había leído algo sobre el lugar, e incluso había anotado algo en el proyecto del viaje sobre la conveniencia de detenernos para ver el manantial. El lugar sí que es un auténtico oasis, fresco y con abundante vegetación. Se encuentra a la entrada del pueblo. Lo apodan azul porque antiguamente era una escala de los denominados “hombres azules”. Antaño debía ser un remanso de frescor y paz, pero en la actualidad está repleto de tiendas y pesados vendedores. No se debe beber agua por riesgo de bilharziosis, pero sí se puede tomar un baño en el estanque de cemento. Después de curiosear la gruta por la que mana agua, Bego preguntó a una españolas que tomaban el sol sobre la prohibición de bañarse las chicas. Parece ser que ellas no lo habían respetado y nadie les había dicho nada. June y las otras chicas se iban a bañar, pero inesperadamente se liaron en ciertas compras y todo quedó en agua de borrajas.
Pero no todo fue baldío, ya que de aquella conversación surgiría algo inesperado y que en el futuro puede ser muy importante para cientos de autocaravanistas. El acento y el deje delató que aquellas chicas procedían del norte de la península. Entre preguntas y declaraciones surgió una conexión idiomática, euskara. Una de ellas procedente de Bilbao, que viajaba con su niña, también era andereño (profesora) en una ikastola de Sopelana. Pero ellas se tenían que marchar, pues llevaban dos días comiendo a base de bocadillos, por lo que querían ir a comer a Erfoud y aprovechar para sacar dinero. Como quiera que ellas viajaban en dirección a Merzouga, que conocían las pistas de acceso, y después de que nos asegurasen que algunas estaban en mal estado, sugerí la posibilidad de que comiesen con nosotros. A nadie le pareció mal y después de deliberar entre ellas decidieron aceptar la invitación.
Y si la vida es un pañuelo, en este caso resultaba muy pequeño. Josune, la que más conversó con Bego y conmigo, era copropietaria de uno de los hoteles de Merzouga. El intercambio culinario-turístico establecería que ellas comerían con nosotros y luego serían nuestras guías para llegar a la zona de Erg Chebbi.
Después de una abundante comida, para la que Manué preparó un excelente guiso (que algunos no llegamos a probar), y de una excelente oferta gastronómica, sentados alrededor de una enorme mesa para 30 comensales, a la sombra de las palmeras, viendo llegar y marchar turistas en diversos tipos de vehículos, fue declinando la tarde, a la vez que nos anunciaba la parsimonia con la que estábamos tomando la sobremesa, que se volvería en nuestra contra una vez anochecido. Levantamos el campamento y a punto estuvimos de no poder salir del lugar, ya que varios vehículos patinaban en la subida sobre las desgastadas losas, excelente trampa para nuestros pesados medios de locomoción.
Ya en carretera, el convoy ahora con mayor número de elementos, formaba una hilera interminable. Al dejar la meseta y meternos en el descenso hacia el cañón, contemplamos una paisajística extraordinaria. Abajo, hacia poniente, la localidad de Olad Âissa, sumergida en el palmeral, sería uno de los primeros lugares en los que se diferenciaban claramente desierto y oasis.
Al llegar a Aoufouss el convoy se detuvo, y sin saber la razón nos retiramos al arcén derecho. Entonces pudimos comprobar cómo en el arcén contrario, un SEAT Panda amarillo con matrícula de Bilbao se detenía, y cuyo conductor y Josune se abrazaban tiernamente. Podríamos decir que para nosotros pudo ser el momento más conmovedor de todo el viaje. Ver cómo aquella pareja se abrazaban, o cómo él, padre, cogía entre sus brazos a su hijita, nos emocionó emotivamente.
Llegamos a Erfoud, ellos hicieron varios recados y sacaron dinero, mientras desde nuestros asientos veíamos una hilera de señoras, totalmente cubiertas, que esperaban sentadas sobre el bordillo de la acera. Alguien abrió una puerta y todas pasaron al interior del edificio. Unos motoristas entrados en años limpiaban sus “cuaters”, y circulaban posteriormente por el medio de la cuidad con elocuentes signos de ostentación,- o cuando menos así interpreto yo aquel derroche de aceleración y ruido -, ante un público deprimido económicamente y con más necesidades que las queramos ver.
Salimos de la ciudad por la carretera 3461. A medida que se agotaban los km. los baches aumentaban y el estado del asfalto comenzaba a empeorar. Concluida dicha carretera comenzamos a circular por pistas. Atardeció y anocheció, y el tiempo que estuvimos conduciendo por aquel terreno se hizo interminable. No sé a qué hora llegamos a las proximidades de Merzouga, pero la noche se había apoderado de nosotros. En el interior de nuestra autocaravana se podía comer el polvo. Había polvo por todas partes. El cajón de los cubiertos estaba cubierto de una capa amarillenta que nos hacía suponer cómo estaría el resto del interior del vehículo.
Llegamos ante la puerta del hotel. Aparcamos como creímos conveniente, en forma de círculo, con el fin de poder sentarnos en el interior después de cenar. Lo primero que todos deseamos fue visitar el interior de aquel hotel con aspecto de kasbah. El hall nos resultó muy elegante y bonito, a la vez de sencillo. No derrochaba luz, pero todos los rincones eran fácilmente perceptibles. Una fuente inferior, tres o cuatro peldaños más abajo, manaba agua en forma de surtidor ascendente creando un ambiente de frescura; cuatro arcos semiojivales se alzaban hacia el techo, soportados por cuatro esbeltas columnas, dejando pasar en su interior la atmósfera celeste, y recreando un exquisito ambiente árabe. Más que un hall era un distribuidor a modo de patio andaluz, y cuyo suelo estaba embaldosado en forma diagonal por baldosas de tonos beiges y marrones. Rodeando este espacio central varios rincones producían sensación de intimidad, y en los que había gente cenando y charlando. El techo construido con troncos de árboles y adobe, como el resto del edificio, y sobre el suelo varias alfombras recreaban el interior como si de un palacio se tratase, a la vez que se producía la sensación de acogimiento de una haima. Las paredes ornamentadas con alfombras y tapices producían una calidez muy hogareña. En realidad era lo que pretendía ser, o más bien debiera decir que parecía aquello para lo que había sido edificado. Da sensación de ser refugio para el caminante, hospedaje para el viajero, albergue para el explorador, cobijo para el peregrino o para el nómada. Todo se mezcla y todo se intuye.
Y una vez recorrido el salón, Josune, muy amablemente, nos invitó a pasar por aquella puerta azul que se encontraba en la parte trasera del edificio. Allí, ante nuestras atónitas miradas, frente a nosotros, se presentaba humildemente el desierto. Su cálida acogida nos estremeció a todos, aquel sosiego, aquella paz que se respiraba bajo la plateada luz de la luna llena, la serenidad que la inmensa cúpula estrellada sugería nos empujó unos metros, como atraídos por una fuerza mística, y dejando que nuestros pies, adormecidos por la vibración de los motores, caminasen sobre la arena, nos alejamos hasta donde la luz eléctrica diluía su influencia, y donde la visión estelar adquiría su plenitud.
Sentados en el poyo que había junto a la pared, Josune y sus amigos, su marido, nos agasajaron con té, pastas, cacahuetes, agua fresca, etc., y nosotros, sentados plácidamente, bajo aquella bóveda celestial, charlamos y comentamos tantas cosas como a nuestras mentes podía el momento sugerir. Discutimos sobre la orientación y el lugar por donde saldría al día siguiente el sol, y tomamos como punto de referencia la ubicación de las constelaciones. Acabábamos de hablar y aventurarnos a darles nombres, que todos conocemos, pero que casi nunca recordamos cuáles son, y no conseguíamos salir de nuestro asombro. Y así, con aquella parsimonia, con aquella calma, con aquel sosiego fue corriendo el reloj sin darnos cuenta. La temperatura era excelente, benigna diría yo, y sólo de vez en cuando alguna ráfaga de una suave brisa perturbaba nuestra quietud.
Bego y yo nos fuimos a limpiar la autocaravana, teníamos que sacar la mayor cantidad de polvo posible. Fregamos el suelo, mesa, y algún que otro cubierto. Después de cenar unos bocadillos, nos reunimos con los demás, que como se había acordado a la llegada, se organizó una velada en el centro del círculo formado por los vehículos. Sin darnos cuenta manaron entre nuestros labios los nombres de algunos amigos/as que debieran haber estado allí, y lo satisfechos que se encontrarían entre nosotros y en aquel lugar disfrutando de ese momento tan placentero. No faltó alguna que otra foto para conmemorar el momento, y cuando consideramos que debíamos acostarnos porque también teníamos que levantarnos muy temprano, nos retiramos a nuestros correspondientes aposentos.
MARTES, día 26/III/02
Como a las 5 de la madrugada June golpeó en la puerta de la caravana. Entre sueños respondí pensando que era Rosa, pero nuevamente volvió a golpear, increpándome y diciendo que abriese, que hacía mucho frío. Cuando recuperé la consciencia, me di cuenta que la llamada era para que nos levantásemos, ya que habíamos quedado para ir a ver amanecer.
Nos vestimos, y sin desayunar, nos reunimos con el resto del grupo, que poco a poco vimos cómo sobre el edificio del hotel comenzaba a rayar el alba. Se oían los bostezos de los dromedarios, y entre las sombras vimos cómo los camelleros fueron trayendo otros animales, tantos como los que eran necesarios para prestar servicio a cuantos lo habían solicitado. Y es que durante la noche anterior, cuando casi todo el mundo se marchó del lugar donde habíamos tomado el té, Manué negoció con el camellero los precios de los viajes y la hora a la que partiríamos.
Y si para algunos había resultado madrugón, para los adolescentes se había convertido en una “gaupasa”, una noche en vela, disfrutando entre la suavidad de la arena, y bajo la fresca nocturnidad. Habían echado carreras de sacos, habían rodado por las pendientes de las dunas, habían hecho tantas cosas que ni ellos mismos las recuerdan, y no habían sentido demasiado frío. Pero según parece, cuando trataban de recogerse, vieron espejismos, o al menos algo les pareció un “toro”, que según reflexión posterior debía ser un magrebí que caminaba hacia ellos. Corrieron, y observaron que otro elemento oscuro se acercaba también. Al final creyeron que se trataría de una pareja de individuos que se dirigían hacia el poblado cercano. Pero no quieren obviar el canto de cuco que estuvieron percibiendo durante toda la noche. No había ningún reloj que sonase, pero comprobaron cómo un pollino rebuznaba cada media hora, coincidiendo con las medias y con las enteras. Y eso lo pudieron comprobar contrastando con sus propios relojes. June dice que quien lo desee puede ir a disfrutar de una noche cinematográfica, que se pueden vivir los espejismos, que es muy espectacular, que es diferente, que es muy extraña, que para ella resultó como una película, porque cada uno se monta la suya, cada uno ve lo que quiere o lo que imagina, cada uno juega o se recrea con sus paranoias. A ella le resultó muy divertida, y opina que si se está en compañía todavía se vuelve más apasionante.
Una vez en pie miré el termómetro exterior, que marcaba 10º. Nos pusimos una chaqueta polar fina y nos dispusimos a vivir esa mítica aventura tan esperada. Casi a las seis de la mañana partió la caravana. Previamente, poco más o menos como un rito, el camellero fue montando en cada dromedario según el peso del viajero o según la fuerza del animal, a cada uno de los integrantes del grupo. Sólo Manué, Pedro y yo fuimos a pie. El paseo era muy liviano, y la velocidad a la que caminaban los cuadrúpedos no nos supuso ningún esfuerzo. Un camellero tiraba del primer animal, por lo que caminando a su paso, circulábamos con tranquilidad. Cuando llegamos a la base de una de las grandes dunas, Manué la acometió por un lado y yo por otro. Llegamos a su cresta antes que el resto. Ya había allí una familia, sentada, esperando que apareciese tras el horizonte la corona del astro rey. Nos incorporamos al lugar, y poco a poco vimos con qué majestuosidad asoma su corona tras las diminutas montañas de arena. Pero el espectáculo no fue verle surgir de su escondite nocturno. La visión mágica es el espectro que produce la imagen de luces y sombras sobre las cuasi rectilíneas crestas de las dunas. Un lado iluminado y el otro casi totalmente oscurecido. Y sobre aquel juego de contrastes, cientos de huellas de insectos, pájaros, zorrillos, culebras, que se entrecruzaban y recorrían de un lugar a otro, creando interminables senderos que denotaban la actividad que se esconde a nuestras miradas bajo la complicidad de la noche desértica.
Y aunque pueda parecer extraño, entre tanta arena, también había piedras. Piedras que marcaban el hito del punto más meridional hasta el que hemos llegado por nuestros propios medios. (Dato erróneo que posteriormente explicaré). Piedras que ahora tendrán que compartir estantería con la que en su día trajimos de la isla de Cabo Norte. Y es que el arco de meridiano entre el que nos hemos movido hasta este lugar, en todos nuestros viajes terrestres, alcanza los 40º 4’.
Ya de vuelta a las caravanas, tras desayunar, se cargaron aguas y se vaciaron las sucias. Y después de despedirnos convenientemente, el marido de Josune encargó a un muchacho joven, primo suyo, que nos hiciese de guía. Durante la despedida acordamos que a lo largo del mes de mayo yo me pondría en contacto con ella, con el fin de diseñar y darles las orientaciones necesarias para que monten o preparen en la zona anterior al hotel el primer parking para autocaravanas de la región. Ya in situ, Manué y yo les estuvimos dando explicaciones sobre la conveniencia de que se ofertase dicho servicio; de que ello reportaría beneficios, no sólo para los propios autocaravanistas, sino también para la propia familia. Considerábamos que la inversión no tendría por qué ser excesiva, pero que sí debiera de constar de un grifo para cargar aguas limpias y un sumidero, mínimamente, para recoger el resto de aguas. Apuntamos sobre la posibilidad de construir un sombrajo, bajo el que se podrían cobijar durante el día, en la época estival, que es cuando más calor azota. Y no se nos olvidó comentar que ofreciesen algún punto de energía eléctrica. Con todo, una vez construida la carretera que ya está en marcha, cuando algún autocaravanista desee llevar a cabo la incursión que nosotros hemos hecho a pelo, dispondrá de todo tipo de comodidades y facilidades. Es más, Josune nos apuntaba la posibilidad de ofrecer el aparcamiento sin coste alguno para los que hasta allí se acercasen. Nosotros, lógicamente, le manifestábamos que se sugiriese alguna aportación simbólica, y el exquisito cuidado y compromiso, por parte de los que hasta allí llegásemos, de no ensuciar el entorno.¡SI SE HICIESE REALIDAD, DARÍAMOS POR BUENA NUESTRA GESTIÓN O MISIÓN EN PRO DEL AUTOCARAVANISMO!
Y si el compromiso se hiciese realidad, allí, en las proximidades de Merzouga, los autocaravanistas tendríamos un punto de referencia. Allí, en el hotel AIOUR, en pleno Oasis de Hassi Labied, a pie de las dunas, a 1 km de Merzouga, y con el que quien lo desee puede ponerse en contacto a través de los teléfonos: +34946771602 (En España), o mediante el Fax: 0021255577303. Otros números serían 0021262081620 ó 0021266367146 (Morocco). Quien lo desee puede ponerse en contacto mediante e-mail con: aiour@euskalnet.net o visitando la página web: www.euskalnet.net/aiour/ataria.htm. También existe un GPS con identificativo N3107.960/W00400985.
Si el cansancio de la autocaravana llega al extremo de que alguien desee dormir o alojarse en una habitación, tienen varias individuales, dobles, múltiples, con o sin baño. También se puede dormir en la terraza o en las haimas bajo las estrellas. O se puede utilizar solamente el servicio de duchas.
Si alguna niña o señora, como lo hicieron nuestras adolescentes, lo desea, por un módico precio les puede hacer la henna alguna chica beréber, como se lo hacen ellas, y con sus dibujos típicos..
Y en la despedida final, Josune, sensiblemente apenada, nos habló de quedarnos, que sería una pena perdernos un baño en la laguna de las dunas, que podríamos visitar a la familia de su marido, que nos enseñarían cómo viven, que matarían una cabra a su modo tradicional para hacer una fiesta. Pero todo eso lo tendremos que vivir en la próxima ocasión, si Ala lo desea, porque en esta ocasión el tiempo es poco y la ambición mucha. Es tanto lo que deseábamos visitar que era obligatorio, totalmente necesario, partir.
Marchamos en dirección norte-noroeste, hacia Rissani. Y la vuelta fue bastante triste, pues atrás se quedaba un poco de nuestra historia: un hermoso proyecto, un baño en el lago de las dunas, una visita a una familia toareh, una comida con ellos, llegar hasta Merzouga, etc., etc. Bastantes cosas por hacer o vivir, que no me cansaré de repetir que la falta de tiempo nos obligaba a eludir en esta ocasión toda aquella vivencia. Quizá en la próxima, con más tiempo….
Ahora, a plena luz, la llegada hasta Rissani se nos hizo más corta y más cómoda, aunque no menos polvorienta. En más de una ocasión temí porque la furgoneta no fuese capaz de superar los obstáculos de arena, pero levándola un poco lanzada, a pesar de notar cómo se hundía, los fue superando hasta el objetivo final.
Nuestro guía cruzó la ciudad, y nos dejó frente a la puerta principal. Cuando alguien preguntó sobre qué hacer, sobre la necesidad de seguir, yo me quedé un poco planchado, pues llegar hasta allí no tenía otra razón que la de visitar el mercado y el lugar donde dejan los burros, ya que en este día se deben juntar a cientos. Pero el tiempo es y ha sido el factor que durante todo el viaje ha jugado en contra nuestro ¡Se hace tan corto!
Desde esta ciudad nos encaminamos hasta Erfoud, entramos unos metros, preguntamos sobre el estado de la carretera que une con Tinejdad, que en nuestros mapas aparece como pista, y de las cuales estábamos bastante escarmentados. Pero se planteaba recorrer 162 km. por ésta o 236 volviendo por la carretera hasta Er Rachidia. Manué comentó con un joven que deambulaba próximo a nuestras autocaravanas, y efectivamente, nos aseguró que la carretera estaba asfaltada. Por el camino vimos varios rebaños de dromedarios, y tratamos de hacerles fotografías. Y así, poco a poco, llegamos a una zona de obras, donde la carretera se vuelve pista. Pero el tráfico no era poco, lo que nos hacía suponer que en algún momento reaparecería la susodicha carretera. De entre las piedras salían niños con botellas de agua vacías, que no era más que un mero reclamo para que parásemos y así tener la ocasión de pedirnos algo. El agua que les dieron los de otras autocaravanas, la tenían tirada cuando pasamos nosotros. Y así, tras cruzar aquel desierto de piedras y rocas, después de tantos kilómetros, llegamos a Tinejdad. Buscamos un lugar sombrío donde poder comer, pero apenas había árboles. Justo en la calle principal, junto a un parque, nos pudimos cobijar bajo las sombras de unos frondosos follajes que parecía que estuviesen allí plantados para este exclusivo fin, pero siempre bajo las inquisidoras miradas de un militar que no dejaba de dar vueltas en una bicicleta.
Bego y yo volvimos a hacer una nueva limpieza de caravana, para poder utilizar algo para comer. Sin salir de la caravana, comimos rápidos, procurando no sacar bártulos al exterior, ya que nos cuesta mucho tener que subir y bajarlos del arcón. Mientras yo descansaba un momento, ella fue hasta donde el resto de expedicionarios, charló y compartió con ellos la sobremesa.
Atardeciendo, partimos hacia Tinerhir. A la entrada en la localidad, dando vista sobre el oasis, paramos para hacer unas fotos. Reemprendimos la marcha y, en el puente y cruce, tomamos la dirección hacia las gargantas del río Todgha. Si en todas las guías figura que hasta las mismas gargantas existe una distancia de 15 km., en este caso no me lo parecieron, pues en ningún momento hubo un espacio deshabitado. Cuando ya se tocaban las gargantas, un cobrador apostado antes del vado, nos cobró la cantidad estipulada, ante lo que Manué, tan hábil como siempre, negoció el mínimo coste.
El espectáculo no se hizo esperar, un par de curvas y sobre nosotros aparecía aquel tajo inmenso que tierra y agua habían creado. No se podía adivinar el final de las paredes. 300 m. de alto y 20 m. de separación entre ambas paredes son el lugar idóneo para escaladores y alpinistas, y como tal era de suponer, pudimos contemplar cómo varios grupos se esforzaban en la difícil tarea de abrirle vías a la pared. Paseamos durante unas decenas de metros y simpatizamos con un autóctono que de modo cordial y simpático nos hablaba de una boda beréber que se celebraría en la última casa del pueblo. Ya de vuelta, bajo la puerta del hotel Yasmina manaba un torrente o un manantial, en el que discretamente habían introducido una bomba de extracción de agua para abastecer el propio hotel. Y unos metros más abajo, se convertía en un caudaloso río, que lleva agua todo el año. Ya sabíamos que en aquel entorno fantástico se habían rodado películas como Lawrence de Arabia, pero película me resultó leer en una autocaravana británica que había allí aparcada, en perfecto castellano un letrero adherido al cristal en el que rezaba el siguiente texto, a casi 1000 km. de España, diciendo: “Señores ladrones, no rompan cerraduras ni fuercen cristales, todas las cosas de valor ya han sido robadas por sus colegas” ¿Acaso en su paso por nuestro país tuvieron la desagradable sorpresa de recibir la visita de esos indeseables?
Dado el correspondiente paseo salimos delas gargantas y descendimos hasta el camping Atlas. Colocamos las caravanas de modo que en el centro pudiésemos reunirnos todos, y mientras Félix lavaba su coche, los demás preparamos el fuego en las putxeras. Luego Manué se dedicó a condimentar un exquisito plato de Patatas con costillas. Pero previo a la cena, todas las familias aportaron algo a un lunch degustación que sirvió para aplacar las ganas de cenar. Como quiera que aún teníamos toda la cubertería y menaje de cocina muy empolvada, mientras lo fregamos, Lupe preparó unas tortillas de patatas riquísimas. Pero yo no me había percatado de nuestro retraso, y aún me faltaba la ducha, así que con bastantes prisas pretendí aligerarme del sudor y del polvo, y hasta que no volví del baño, nadie probó la tortilla. ¡Vaya deferencia!.
Sergio y yo tratamos de conectar la cámara digital al portátil, pero nos faltaba el software, así que pronto desistimos, pero la prueba sirvió para descubrir que tenía activado como idioma principal el inglés.
Cenamos tranquilamente, charlamos, y sin demorarnos demasiado, nos acostamos, pues pretendíamos partir hacia las nueve de la mañana. ¡El día había sido muy largo!
MIÉRCOLES, 27/III/02
Nos levantamos temprano, aunque desde bastante tiempo antes el canto de los pájaros ya nos había anunciado el nuevo día. Desayunamos y recogimos mesas y sillas. Manué había limpiado las putxeras. Alguien sugirió la posibilidad de limpiar el polvo de las autocaravanas. Mientras algunos les daban una mano de agua exterior, yo vacié aguas. Repusimos aguas limpias, y jaboné un poco la luna delantera y cabina.
Unas fotografías en aquel palmeral podrían servir de recuerdo de nuestra estancia allí.
Salimos a la carretera P 32 y nos dispusimos a circular en dirección Boumalne Dadès. A la salida del pueblo Manué paró para repostar. Todos lo hicimos. Y cuando ya estaba todo dispuesto para marchar a buen ritmo, volvió a detener el convoy. Algo fallaba en el sistema de refrigeración de su autocaravana. Finalmente, después de un par de intentos de componerlo, Mariano sugirió hacerle un puente al termostato, de modo que la orden de refrigeración fuese constante y directa. Creo que Manué debe cambiar esa pieza.
Ya con la perspectiva de que aquello podría servir, nos dirigimos en dirección del valle del Dadès. Durante el trayecto entre esta localidad y Boumalne Dadès nos fuimos cruzando con varios grupos de autocaravanas españolas de procedencia catalana, supongo que serían los del grupo de autosuministros Vich, entre los que viajaría nuestro amigo Miguel ¿??. Al acceder a la última localidad citada, desde un altozano tuvimos una paisajística sobre el pueblo, que a más de a uno nos produjeron unas enormes tentaciones de aparcar allí mismo y meternos en el mercado. Hicimos varias fotos y cruzamos el pueblo como pudimos. Al llegar a El-Kelaà M’Gouna, nos detuvimos para comprar algo en el mercado. No sé por qué motivo nos desperdigamos. Compré tomates, naranjas, té, canela en rama y pan. Bego, que se había ido en el otro grupo, tuvo la ocasión de comprar agua de rosas, que es por lo que esta localidad es muy famosa.
Continuamos viaje, y a la salida de Skoura nos detuvimos para comprar una cerámica autóctona que es realizada por varias familias de allí. Adquirimos contra la voluntad de Bego un tajim por 30 Dh, unos 3€.
Cuando se dejan de la vista las últimas casas de la localidad, fuera de la carretera detuvimos los vehículos para comer. Mientras comíamos vimos cómo dos niñitos se había sentado en el arcén contrario, y desde su situación observaban nuestros movimientos. Mientras ellos nos contemplaban pacientemente, una gran tormenta de viento y arena nubló toda visibilidad posible. En alguna medida temí que el huracán pudiera volcar nuestros vehículos, pero para tranquilizarme también pensé que en dirección del movimiento son capaces de soportar velocidades de hasta 150 km/h. Y en medio de aquella tormenta, los niños permanecían agazapados en su escondrijo, sentados, quietos, mirándonos. Como ellos no pidieron nada, fuimos nosotros los que les proporcionamos algunos obsequios. Esto dio lugar a que se atreviesen a pasar por el resto de autocaravanas solicitando algún que otro regalo, pero por arte de no sé qué magia, aparecieron otros dos, allí, en aquel descampado, y ahora, teníamos que repartir para cuatro. Iban y volvían y siempre pedían lo mismo: estiló, gum-gum, y no sé qué más cosas.
Cuando la tormenta de arena cesó, marchamos en dirección Ouarzazate. El viento lateral bamboleaba las autocaravanas de forma peligrosa. Y toda la frondosidad de palmerales que yo me esperaba haber encontrado desde Erfoud hasta esta ciudad, sólo se habían hecho visibles en la entrada a Todha. El pantano que se encontraba en el lado izquierdo de nuestra marcha, la presa de El-Mansur Eddahbi, construida en 1972 con el objetivo de permitir la irrigación regular de las tierras agrícolas de la región, y que yo esperaba divisarlo desde la carretera, queda escondido tras unas colinas que están siendo pobladas por villas y chalets de la gente pudiente de la ciudad. Al entrar en la localidad nos detuvimos a visitar la Kasbah de Taurit, antigua residencia del Glaui o pachá de Marrakech, y que es considerada como una de las más bellas de Marruecos. Está constituida por una sucesión de pequeñas estancias y aposentos que han conservado su decoración de estucos pintados y sus techos de madera de cedro. De vez en cuando nos daba la sensación de estar en un laberinto, y que podríamos perdernos. Allí mismo Bego se encontró con una amiga de Baracaldo.
Visitamos la exposición de pinturas contiguas a la salida, y marchamos hacia Âït-Benhaddou. Y desde la distancia, cuando uno tiempo de revisar datos y de hacer cálculos, una vez ya de vuelta a casa, cuando pensaba que Merzouga hubiese sido el punto más meridional hasta el que habíamos sido capaces de llegar por nuestros propios medios, compruebo que eso no es cierto. La latitud de Merzouga era de 31º 7’ N y 4º 2’W, la de ésta ciudad es de 30º 55’ N y 6º 54’W Esto significa que en esta localidad hemos descendido 12’ en la latitud. Y desde esta reflexión me permito continuar con otra que ya llevaba tiempo considerando, y se trata nada menos que calcular en cuántos grados de meridiano hemos sido capaces de desplazarnos por tierra, sin otra ayuda que algún pequeño trayecto de barco. Cuando fuimos a cabo Norte llegamos hasta el punto 71º 10’ N y 25º 44’E, por lo hasta la fecha hemos viajado sobre un arco de 40º 16’, que aunque no llega a ser un cuarto de la distancia entre los dos polos, sí representa una cantidad de km. considerable, tantos como casi 4900 en línea recta.
Salimos de la ciudad cuando estaba anocheciendo, pero aceleramos todo lo que pudimos para que la noche no se cerniese sobre nosotros. Llegamos a la localidad de Âït-Benhaddou, pero pronto Manué se percató que nos habíamos pasado, retrocedimos hasta la entrada al pueblo, que es desde donde se accede al ksar. Aparcamos en el hotel la Kasbah. Allí mismo contrató Manué un guía, que bajo la plenitud lunar nos paseó y dio explicaciones a lo largo de todo el recinto fortificado. Paseamos por sus callejuelas, subimos a la zona alta, donde debió de haber un granero, entablamos amistad con un perrillo que se hizo amigo y compañero del grupo, y cuando todo creíamos conocerlo, visitamos una familia del lugar. No podemos decir que nuestra relación con ellos fuese o llegase a ser algo más que lo meramente comercial; ellos nos enseñaron su casa, nos invitaron a un té y almendras, y supongo que Manué les retribuyó con la cantidad acordada previamente con el guía. La experiencia no deja de ser interesante.
Poco a poco desandamos la calle del pueblo nuevo que desciende hasta el Ksar, y en la subida algún que otro vendedor avispado trató de engatusarnos con sus músicas timbaleras.
Ya junto a las autocaravanas cenamos al abrigo de una pared de adobe orientada hacia el flanco sur, que es de donde procedía el viento durante toda la jornada. Como la noche anterior, degustamos todo tipo de viandas, y cada familia se esforzó por ofrecer un poco de lo mejor que tenía en el momento.
Después de recoger en cierta medida el espacio comedor, nos acostamos para nuevamente levantarnos pronto y visitar el ksar con luz solar.
JUEVES, 28/III/02
Me desperté hacia las 6 de la mañana. Sin desayunar, y procurando no meter demasiado ruido, me pertreché de cámara y trípode, y me fui a ver amanecer para ser testigo de cómo el sol se reflejaba sobre las paredes del ksar. Realmente debo reconocer que el color del barro, del adobe, iluminado por la temprana y débil luz solar, no produce la misma gama cromática que la que se percibe a otras horas del día. A pesar de que habíamos leído que la mayor gama de colores los consigue al atardecer, cuando consigue producir toda la variación de la gama de colores cálidos, desde el rosa hasta el púrpura, a medida que el sol desaparece, pero siendo conscientes de que no tendríamos ocasión de esperar hasta esas horas, aproveché la oportunidad que me brindaba el momento.
Pero a pesar de que las posibilidades fotográficas fueron muy buenas, a pesar de que el escenario se convertía en un remanso de paz y de quietud, lo más espectacular no fue la imagen en sí misma. Tratando de encontrar un ángulo que me proporcionase una visión más amplia del conjunto, me subí a lo alto del cerro que queda al este del poblado. Y cuando desde allí trataba de buscar el perspectiva idónea, algo me atrajo de tal manera que me olvidé de fotografías y tan sólo me dediqué a vivir el momento. Me hubiera gustado haberlo grabado con una cámara de video, pero tampoco hubiera captado la totalidad de sensaciones que yo estaba percibiendo. Allí arriba, acurrucado, en silencio, quieto, contemplaba cómo se despertaba el pueblo. Los pájaros en la arboleda revoloteaban de un lugar a otro, sus cantos amorosos y su piar de nerviosismo, de desperezamiento, atrajeron mi atención hacia los edificios de las kasbahs. Y por allí se abrió una puerta a través de la cual salía a la terraza de su casa un hombre vestido con una túnica blanca. Otro joven colocaba sobre una pared unas telas o jarapas sobre las que organizaría un sinfín de objetos o baratijas destinados para la venta a los turistas. Más arriba una señora llamaba a su niña, que con mochila escolar a la espalda, esperaba en otra callejuela a alguna compañera. Un perro que ladraba. Otro individuo que salió por la callejuela de acceso al ksar, y tras recorrer unos metros bajo unos arcos, se introdujo en un local, del que posteriormente pude comprobar que se trataba de una cuadra. Y así, poco a poco, fue despertándose el pueblo.
Por la parte norte del cerro descendí hasta el lugar donde se había construido el foso para la película “Gladiator”. Se me acabó el carrete, abrí la cámara para retirarlo y pude comprobar cómo aún quedaba parte de la película por recoger. Me amedrenté y pensé en todo lo peor. Metí la cámara dentro de la chaqueta polar y pude comprobar que la parte que no había sido recogida automáticamente, era el tramo que siempre se saca al montar el carrete. ¡Puf!
Puse un carrete nuevo y me dispuse a continuar con mi reportaje fotográfico. Y foto tras foto, fui recorriendo diversas callejuelas. En una de ellas un muchacho me invitó a entrar en su tienda y me ofertó plata beréber. Me comprometí con que más tarde llevaría a toda la familia.
Varias fotos más y me aproximé calle arriba hasta el poblado nuevo. Ya en las caravanas, desayuné, y me reuní con el resto. Les conté parte de mi experiencia, y tras recoger mesas y sillas, volvimos hasta el ksar. Volvimos a la tienda de la plata.
En otra que regentaba un judío, estuve tentado a preguntar por el precio de un puñal. Francamente era espectacular. Pero supuse que sería muy caro y se saldría de mi presupuesto. Volvimos hasta las caravanas y emprendimos viaje hacia Marrakech.
En el cruce con la carretera P31, nos detuvimos a visitar la casa de un tallador de piedras. ¡Una maravilla!. Los salones, la cocina, el porche, las paredes. Y la alfombra que estaba tejiendo la joven mujer del artista. Todo muy bonito.
A lo largo de todos los km. del día cientos de personas nos ofrecieron geodas de diversos colores. Manué tenía muchas ganas de una, y se detuvo en alguna que otra ocasión. El precio no debía ser muy exagerado. Se pararon en la gasolinera de Agouim, pero nosotros preferimos seguir marchando suavemente para no tener que mantener los ritmos de ellos, evitando de este modo toda posibilidad de que sobrecalentase la furgoneta. Poco a poco Félix nos alcanzó, pero ya quedaba muy poco para culminar los 2260 m. de del Tizi-n Tichka. Al llegar a su cumbre, una gran cantidad de tiendas de regalos para turistas nos lo hicieron saber. Un descomunal letrero indicaba la altitud a la que habíamos llegado.
Y aquí comenzó otra de las nuevas peleas a las que nos vimos sometidos a lo largo del viaje. Los vendedores trataban de atraernos hacia sus tiendas con mil argucias y mil reclamos. Querían cambiar algo que nosotros pudiésemos facilitarles, y a cambio ellos nos pretendían vender algún objeto, pero incrementándole el precio. Supongo que en fondo deseaban conseguir algo sin perder nada. Después de rebuscar entre nuestros enseres preparamos una bolsa con varias cosas: una lata de leche condensada, otra de sardinas, otra de cerveza sin alcohol, varias Aspirinas, algún que otro Eferalgán, y una camiseta del cross Memorial Itziar. A cambio queríamos un puñal, pero el buen amigo nos pedía 1700 Dh, osease, 170€, cantidad que nos pareció una exageración. Gracias a la colaboración de Sergio pudimos rebajarlo hasta 200 Dh, es decir 20€.Y ahora, cuando lo tengo entre mis manos y lo analizo fríamente, creo que no vale ni eso. La mayoría de las cosas que venden no son artículos fabricados para su uso, sino que son chapucillas con aspecto de artesanía, hechas exclusivamente para los millones de turistas que recorremos el país cada primavera o cada verano. Valer, valen muy poco, pero nosotros admitimos esa sobrevaloración porque nos resultan bastante baratas.
A partir de ahí comenzó el descenso de uno de los puertos de montaña más espectaculares por los que hayamos pasado. Se podría comparar a algunos de los Alpes. Lo que yo consideraba que podría ser puerto, se prolongó y prolongó hasta las proximidades de Marrakech, hasta la localidad de Âït-Ourir, desde donde el desnivel ya es menor.
Pero como el descenso se nos hacía demasiado largo, y como la hora de comer se iba pasando, decidimos detenernos en la orilla de la carretera y allí mismo comer. Cuando nos encontrábamos en plena actividad alimentaria, un ejército de críos y menos críos, bajo la lluvia no cesaron de incordiarnos con la venta de geodas. Finalmente adquirimos una rosácea, que al tocarla con la yema de los dedos se quedaron pintados, lo que suponía que estaban tintadas.¡Un timo!
Marchamos bajo una fuerte lluvia, y ante la persistencia de los mozalbetes que ya insistían de forma desagradable. Una vez en Chouiter, la carretera es totalmente llana, el piso es de mejor calidad, y la climatología se vuelve benévola con nosotros y deja de llover. Deduzco que cuanto más altitud, más frío, por lo tanto las masas de aire húmedo del Atlántico se enfrían y se derraman por las faldeas de la verde cordillera. A la entrada de la ciudad, un cartel indica el acceso a la zona de la medina por el lado izquierdo, o a la zona norte por el derecho. Tomamos esta última carretera, y así después de 12 km. más llegamos a una zona habitada, donde la muchedumbre humana deja notar su presencia. Cientos, miles de personas que sin el más mínimo control se mueven de un lado a otro de las calles, cruzando, saliendo, con caballerías, en bicicletas, entrando sin marcar, de cualquier modo. Parecen un ejército de hormigas cuando se destapa el hormiguero; todas corren de un lado para otro sin orden ni concierto. Esto es igual.
Siguiendo las indicaciones fuimos tomando la dirección Casablanca, y de esa manera, podríamos dirigirnos a un camping. En el cruce con la desviación hacia El Jadida, un policía nos preguntó a ver si buscábamos camping. Ante nuestra afirmación nos ordenó retomar la dirección que llevábamos y continuar como un kilómetro más, donde bastante mal señalizado encontramos un gran camping, embarrado por las recientes lluvias.
Una vez en el camping, Manué y yo nos dimos un paseo supervisando las instalaciones y tratando de encontrara un emplazamiento lo más digno posible. Donde no había barro había agua. Finalmente decidimos colocarnos en la gran explanada de frente a la entrada, tímidamente colocados en un flanco, y al resguardo de unas tejavanas y de unas viejas caravanas. Nos colocamos en círculo, y nada más arreglarnos, nos fuimos a Marrakech, como se había concertado con dos taxis.
Una vez en la ciudad, nos apeamos de los vehículos en la plaza Square de Foucauld. Acordada la hora de regreso con los chóferes, nos dirigimos hacia la plaza de Yamma el-Fna, vimos cómo algunos trataban de entretener al personal en no se sabe qué historias, pero que no nos resultaban del todo seguras. Dimos un paseo alrededor de los exprimidores de zumo, comimos unos caracoles, compramos almendras garrapiñadas, contemplamos las tiendas de regalos, y finalmente decidimos cenar en uno de los restaurantes al aire libre de la plaza. Desde allí se divisaba perfectamente iluminada la Koutoubia. Después de cenar dimos un pequeño paseo, y poco a poco nos acercamos hasta las inmediaciones de la plaza donde se encuentra la hermosa torre. Nos aproximamos en manada, siempre con cuidado de no desperdigarnos y de no correr el riesgo de que alguien pudiera extraviarse. Le hicimos cuantas fotos pudimos. Luego, paseamos por el callejón que lleva desde su base hasta la Avda Houman-el-Fétouaki, ya que es desde donde mejor se divisa. Una vez en ésta, caminamos hasta la plaza de Yamaa el-Fna, pero previamente pasamos por la mejor heladería de toda la ciudad, la Milk-Mak, que se encuentra en la calle Moulay Ismail.
Ni la plaza del Yamaa el-Fna es tan espectacular, ni lo que allí se vive es tan impresionante. Ver gentes bailando al ritmo de unos timbales o de unos panderos, o niños con guantes de boxeo, a nosotros no nos dice demasiado. Nos preocupa. En cualquier momento se monta un corro con no sé que actividad. Pero lo que no deseamos es saber qué es lo que se esconde en realidad detrás de cada corro. A veces sospechamos que se montan intencionadamente para desvalijar a los ingenuos transeúntes, o a los curiosos y alcahuetes turistas. Y es que en realidad, aunque autóctonos se ven por doquier, turistones, hay a patadas.
Y después de volver hasta lo que podría denominarse la entrada al zoco, y tras adquirir algunos regalos para satisfacer otros tantos compromisos, a la hora acordada nos encaminamos hacia el lugar en que nos habían dejado los taxis.
De regreso al camping, tras una breve tertulia, nos acostamos, ya que habíamos quedado para la mañana siguiente a las 10 horas.
VIERNES 29/III/02
Como todas las mañanas nos levantamos bastante pronto. Teníamos que ducharnos, desayunar, recoger, etc, etc. Lo normal. Pertrechado con toalla y demás enseres de ducha me dirigí hasta los lavabos, pero salía Nacho con Diego y me comentó que se había terminado el agua caliente. Por lo que se ve, habían tomado la delantera un grupo de españoles que viajaban en un autobús de Barcelona, que había pasado la noche allí, y se habían agotado las reservas acuíferas. Me volví a la auto y me duché allí.
Dejamos la cama preparada para la noche, y nos dispusimos a marchar, pues los taxis fueron bastante puntuales. Más bien debiéramos confesar que los que se retrasaron fuimos nosotros.
Una vez en Marrakech volvimos a apearnos de las furgonetas-taxis en la misma plaza que la noche anterior. Pasamos hacia la Koutoubia, nos hicimos algunas fotos en la plaza que hay delante de la mezquita, y fuimos a visitar el Palacio el Badi. Llegamos bastante justos de tiempo, pues previamente nos habíamos despistado y nos habíamos dividido en dos grupos. Ahora ya en el palacio subimos a una terraza y vimos cómo las cigüeñas habían anidado sobre las paredes del edificio. L interior estaba formado por una gran plaza con jardines adornados con naranjos en un plano inferior. No pudimos visitar las otras salas, aunque para ellas no habíamos sacado billetes. Como a las 12:15 cerraron el edificio a toque de silbato, y tuvimos que abandonar el lugar.
Previamente nos habían chocado los horarios que se gastan, pues allí los horarios son un poco extraños. Bancos y centros oficiales cierran como a las 11:15, y cuando Manué y yo cambiamos dinero, a punto estuvimos de no conseguirlo, pues el cajero miró dos veces el reloj.
Ya una vez en la plaza de Ferblantiers, salimos entre aquella muchedumbre y el atasco de coches, hasta la calle Rue Riad Zitoun el Quedim. Por ella subimos hasta la plaza Jemaa El Fna no dejándonos de asombrar con todo con lo que a nuestro paso encontrábamos. Y por citar no deseo de quedarme en el tintero el reciclaje de cubiertas de vehículos, reconvertidas en cubos, recipientes para extraer aguas u otros líquidos de pozos, o simplemente para transportarlos. Además, a nuestro paso vimos de casi todo, y no habíamos entrado en los zocos.
Al pasar por la puerta de un bar (restaurante?) compramos una oblea bastante rica. No quisimos que nos la aderezasen con miel u otros aditamentos. Ya en la Plaza tomamos zumo por 2 Dh, 32 pts o 0’32 €. También degustamos almendras, y alguna que otra cosa. ¡Como estaban baratas!.
Ya en la plaza algunos se quisieron hacer una foto con unos titiriteros, que nos salió un ojo de la cara. Sólo por hacerles la foto nos cobraron a cada uno de los fotógrafos 5 Dh. Pero debemos entenderlo, ellos están allí todo el día, disfrazados, para que cuatro palurdos como nosotros saciemos nuestras ansias de creernos los descubridores del mundo. Los chavales se compraron unas camisetas de fútbol a buen precio, y todos contentos, nos dispusimos adentrarnos en la zona de los zocos, para así dar comienzo nuestra pelea. Odio tener que regatear, pues es una actitud que va contra mi carácter. En el País Vasco, desde muy antiguo, la palabra era algo que se debía respetar tanto como la ley. Y si alguien juega a pedir algo irreal o inaccesible, no está siendo limpio, con lo que rompe el principio de la negociación.
Nuestra primera intención mercantil surgió en una tienda de madera de thuya. Alguna de las chicas del grupo compró una caja preciosa por 100Dh, y a mí pretendían venderme una tablilla con dos bisagras por 60. Me pareció mala negociación, a pesar de que el vendedor se apresurase a envolverla. Tras la pertinente consulta con Bego, ésta me dijo que no era posible, que era una pasada de precio, cosa que a mí ya me lo parecía. Pero es que en ocasiones uno se queda como aturdido y falto de reflejos. Ante mi negativa a la adquisición, el elemento me echó en cara el tema de la palabra. Y aquí surge mi duda. ¿Me pide que mantenga mi palabra alguien que pretende engañarme?.
Fracasada la compra, encontré un puesto de aceitunas, y adquirí de varios tamaños, tantas como que han llegado muestras hasta Portugalete, y sin estropearse. Desde ahí pasamos unos metros más adelante donde June adquirió una mochila en cuero crudo, sin barnizar, y tras un fuerte regateo la sacó por unas 1500 pts, 90 Dh o 9 €. Mientras ellas, madre e hija, concluían la negociación yo adquirí unas pastillas de almizcle, por el módico precio de 80 Dh. Creo que pagué demasiado, pero también sé que el año pasado estaba caro.
Habíamos quedado para ir a comer al dudoso restaurante de la calle Rue Riad Zitoun el Quedim. Tardamos muchísimo en acomodarnos, a pesar de los esfuerzos de los camareros. Comimos bastante barato, y algo más o menos típico en Marruecos, como es el tallín de pollo. Una vez concluida la comida pasamos hacia la plaza El Fna, donde nos dimos el gustazo de subir a una de las terrazas recomendadas en las guías, para desde allí, tomando, cómo no, un té, divisar toda la plaza, e ir observando su espectáculo permanente. A mí no me pareció tan espectacular como la pintan, y si debo recomendársela a alguien creo que será simplemente por que la vea, la viva, y pueda decir, como nosotros, que ha estado allí.
Desde esta terraza bajamos a la plaza y nos dividimos en dos grupos, los que deseaban ver el palacio o Pabellón de la Menara y los que nos fuimos hasta los zocos. Igualmente habíamos quedado con los taxistas en la parada a dos horas diferentes, a las 18 y a las 19 horas. Los otros volverían al camping antes y nosotros después. Confirmados los turnos yo me interné en la Medina con un grupo integrado por Mariano, Rosa y Clara, Pilar Honrubia, Macarena, Pilar y Marina, Félix y Lupe, y Begoña. Siguiendo un plano que aparece en una de mis guías, por cierto no bastante detallado, y preguntando de vez en cuando y especialmente con la ayuda de varios niños, fuimos penetrando en el corazón de lo más profundo y auténtico mundo de los marrakusíes.
En una farmacia compramos algo de té a la menta, azafrán, y unas semillas que sirven para quitar el resfriado inspirándolas. Vimos cómo un carpintero, o tornero en este caso, con la ayuda del dedo pulgar del pire derecho, y con un formón sobre el que lo apoyaba, torneaba un palito de madera que posteriormente se lo colgaba del cuello de los que se quedaban contemplándole.
Y tras ver unos timbales hechos con piel de raya, o los fabricados con piel de cordero, o la flauta o dulzaina que utilizan los encantadores de serpientes, cada pieza por menos de 200 Dh, aun a pesar de gustarme, me quedé con las ganas. Como también me quedé con las ganas de los vasos que por la mañana habíamos visto, pero que por no andar cargados todo el día con ellos no los adquirimos.
De igual modo, y por muchos intentos que hicimos, el resto del grupo se quedó con las ganas de ver el zoco de los curtidores, pero es que estábamos jugando contra reloj. Al final, como nos quedaba bastante lejos, desistimos, y con la ayuda de los chavales y a la carrera, desandamos el camino, y Bego y yo nos adelantamos al resto, tratando de llegar hasta el taxi. Cuando conseguimos llegar, observamos que el hombre, sonriente, no se había impacientado, y como apenas pudimos comunicarnos con él, apoyado mi codo sobre la ventanilla de su puerta, en un ademán de comunicación, tan mudo como mi propio codo, contemplamos el discurrir de coches y transeúntes.
Unos jóvenes se aproximaron hasta nosotros ofreciéndonos “chocolate”, y ante nuestra negativa, se fueron tal y como habían venido. Cuando se dirigieron a nosotros yo les entendí algo como “Comostán”, a lo que les respondí que bien, pero cuando insistieron en la idea, más nítida en la segunda ocasión, entendí perfectamente a lo que se referían Y es que el ruido ambiente mitiga mucho la vocalización y especialmente la de un idioma desconocido o inusual para nosotros. Seguimos esperando y de vez en cuando yo miraba al reloj y trataba de comentar algo con Bego, para rellenar el tiempo.
Hacia las 19:38 apareció el resto del grupo. Salimos de la ciudad en dirección al camping, a sabiendas que ya no volveríamos por allí. Es una pena, pero una realidad. El tiempo era muy escaso, y esta ciudad quizá requiera algún día más. Un día como mínimo para emborracharse de zocos. Otro para visitar palacios y monumentos. Otro para meterse por los barrios, tanto los viejos como el moderno de Gueliz.
Partimos hacia el camping, y una vez allí, comenzaron los preparativos para la cena. Tuvimos la desagradable sorpresa de encontrarnos la bomba del agua estropeada, que añadido a la bisagra de la puerta dan un balance incuestionable, pues eso quiere decir que hemos sufrido pocos desperfectos. La valoración global del viaje debe considerarse, en el aspecto logístico y de intendencia, positivo. Estuvimos tratando de encontrar las razones por las que no funcionaban ni la luz del baño, ni los ventiladores de la nevera, ni la bomba del agua. En principio Manué me pasó un fusible de 15A, y Mariano trató de entender qué pieza debíamos sustituir. Una vez compuesta la primera fase, Manué y yo nos entregamos a investigar con el tester el problema de la bomba del agua. Finalmente quedó a la espera de una nueva revisión.
La cena, como casi todas, fue abundante y de buena calidad. Y eso sin citar el bacalao de Islandia, que se había pasado a remojo varios días, de pueblo en pueblo, saliendo y entrando en la nevera. Finalmente, Manué, acompañándolo con unas patatas, dio cuenta de él en la putxera, y así, todos los demás, pudimos saciar nuestro apetito acumulado a lo largo de toda la jornada, pues aunque comer, comimos, no se come con el mismo afán cuando las cosas no se sabe cómo han sido condimentadas, y sobre todo si están cargadas de especias.
La velada duró hasta altas horas de la madrugada, para algunos/as, que no para los adultos. Y una vez recogido lo fundamental, nos acostamos.
A las cinco de la mañana Bego me despertó preocupada porque June no estaba en su cama. Después de pertrecharse de chaqueta y linterna, se debió de dar una vuelta por todo el camping, sin éxito alguno. Cuando volvió a la auto e insistió sobre la ausencia de ésta, y que no la había encontrado en ningún sitio, se me ocurrió la posibilidad y la sospecha de que estuviesen de ocupas en alguna caravana de las que había allí bajo los cobertizos contiguos.
SÁBADO, 30/III/02
Nos levantamos pronto, desayunamos rápidos y tratamos de recoger todo. Nos duchamos en las duchas del camping, y también llevamos hasta allí la auto para limpiarle las aguas. No hizo faltar cargarle agua limpia, ya que sin bomba no merece la pena llevar peso inútil.
En el camino hacia Casablanca, cientos de vendedores nos mostraban sus productos, y nos hacían señas para que parásemos. Conversando por las emisoras decidimos que aquellos espárragos trigueros debían estar muy buenos. Aunque no sabíamos cómo se cocinan, Manué nos dio la solución, y con la intención de que todos pudiésemos catarlos, compramos dos manojos. También adquirimos unos collares olorosos, que después de pagar a 10 Dh cada uno, otro muchacho nos los vendía a 5 Dh. ¡Nunca sabemos cuál es el precio verdadero!. Y cuando digo verdadero, quiero decir que a ellos les pueda parecer adecuado, para que además de no perder dinero, queden satisfechos con la venta. A nosotros nos puede parecer barato, pero si no nos sirven para nada, para qué nos los queremos. Pues quizá para darle un poco de dinero a un chico, que seguramente lo necesita más que nosotros, valorando, en cierta medida, lo que vende.
Y así, poco a poco, nos adentramos en la costa atlántica. Llegamos a Casablanca, no entendimos el cartel indicador que facilitaba la dirección a Rabat. Me pareció que estaba roto en su parte inferior, pero nos adentramos en el centro de la ciudad. Allí, como dice el refrán, “no hay mal que por bien no venga”, y una vez en una calle principal, aprovechamos para sacar dinero en un cajero. Alguien aclaró por dónde teníamos que salir en dirección norte, y sin pausa arrancamos como huyendo del diablo.
Después de bastantes kilómetros, a Manué le pusieron una multa. Menos mal que él sabe chapurrear en francés, y consiguió limarla a la mitad. Ya en una gasolinera, comimos, y yo aproveché para dar una cabezada. Seguimos haciendo kilómetros, y cuando consideré que el nivel del depósito bajaba ostensiblemente, entré en una gasolinera a repostar. Pero he allí mi sorpresa, que no había ni surtidores. Tuvimos que ralentizar la marcha para disminuir el consumo, y cruzar los dedos y encomendarnos a todas la vírgenes y santos, pues los kilómetros eran multitud y el indicador marcaba ininterrumpidamente en naranja.
Aunque teníamos intención de parar a visitar Asilah, viendo que casi estaba anocheciendo, decidimos repostar y continuar hasta el puerto de Tánger. Hicimos cálculos y entendimos que allí el diesel es más barato que en la península. Rellenamos los depósitos en la última gasolinera, en un centro de Afrikia.
Llegados a la aduana, los consabidos gags de siempre, críos tratando de entrar o de meterse en los bajos de los vehículos, cientos de amigos que trataban de ayudarnos, siempre, supongo, para sacarse una propina. Dado es el caso que un policía me pidió cambiar casi 10 € en monedas por un billete de la misma cantidad.
Y cuando todo concluyó, incluso la maniobra de entrar al barco en marcha atrás, salimos de puerto, a una hora marroquí bastante tardía, debido especialmente al tiempo tan excesivo que tuvimos que esperar para que se cargase el barco, como ya he referido, todos los vehículos marcha atrás. Pero si en ese país era tarde, en España era más.
Y la marejada nos agitó como colillas cuanto quiso y más. Tratábamos de dormir en cualquier silla para no marearnos demasiado, pero no era soportable, por lo que nos bajamos a la furgoneta donde tanto Bego como yo nos quedamos medio dormidos.
Una vez en Algeciras, al desembarcar vimos cómo sacaban del barco a unos chavales que habían estado merodeando alrededor de nuestras autocaravanas antes de pasar la aduana. Ya en tierra y todos reunidos, nos desplazamos hasta Palmones, donde encontramos perfectamente el parking que días antes me había enseñado nuestro buen amigo Juan Carlos Gutiérrez..
Llegar al parking, aparcar y dormir fue todo uno. Prácticamente no tuvimos mucha ocasión de charlar. Había más autocaravanas por allí, y no se trataba de molestarles a las 2 de la madrugada.
DOMINGO 31/III/02
Cuando nos despertamos por la mañana, tras recoger la furgo y después de desayunar con pan tierno, que pudimos comprar en la panadería que había a cinco metros del parking.
Una vez todo en orden de marcha, hicimos fotos para el recuerdo, una despedida que en nada se pareció al primer encuentro, y con harto dolor de nuestros corazones, marchamos de aquel lugar hasta que la vida lo desee. Quizá sea el año que viene.


