Viaje a la Luna, Marruecos Semana Santa 2004


Si existen razones para decir que un viaje es alunizante, las que rodean a éste, creo que son más que suficientes. Llevábamos dos años preparándolo, y desde un principio le habíamos bautizado como “Viaje a la LUNA”. Lunas eran varias y cada una le daría sentido y significado a todo el discurrir por el vecino país magrebí.Iñaki Calvo & Toni de Ros. Fotos: Toni de Ros Semana Santa 2004
Luna era la que nos acompañaría como todos los años por esas fechas, redonda, imponente, llena, luminosa, resplandeciente, radiante, espléndida; musa de mil poemas de amor y de otros tantos épicos. Luna que ha ensimismado durante siglos a sabios y filósofos, y que ha extasiado a místicos y cabalistas. Luna que arrastra tras de sí bellísimas historias fantásticas y otras no menos terroríficas. Luna que hechiza a los vivos y resucita a los muertos. Luna, compañera de las cálidas noches de primavera en el desierto marroquí.
Luna era el destino final hasta donde pretendíamos llegar, el albergue-hotel de nuestro amigo Moha, allí en el desierto de Erg Chebbi, en el sudeste marroquí. AIOUR, como lo llaman ellos, era eso, LUNA. Y en su puerta habíamos puesto el punto más oriental de nuestra incursión por el vecino país africano. Y si el astro nos acariciaba con la tibieza de su luz reflejada, en la casa de la familia de Moha, no nos faltó el calor y la bienvenida. Nos acogieron cariñosamente, nos atendieron exquisitamente, y nos dejaron, como el buen vino, un bouquet agradable, entrañable, después de marchar de allí. No podemos olvidar nada de lo que vivimos en aquel lugar.
Luna era la que nos haría sentirnos como astronautas o alienígenas que pisan su suelo por primera vez. Nuestro atuendo que destaca sobre los habituales ropajes de los autóctonos, nuestros vehículos que asemejan a naves espaciales sobre el tostado paisaje del desierto, nuestra cotidianidad que difiere del modus vivendi de los nativos, nos harían sentirnos como reyes magos de occidente, cargados de dádivas para saciar la precariedad de los amigos que allí iríamos encontrando.

Viernes, 2 de abril de 2004

Salida de Nocedal como a las 15:45. Pasamos hasta la gasolinera de Ugaldebieta donde llenamos todo el aire posible a las ruedas. Somos conscientes del excesivo peso que llevamos, y de que la más mínima imperfección del suelo nos puede dar al traste con todo el viaje. Por ello deberemos llevar la máxima presión en los neumáticos.
Habíamos estado cargando durante dos días, y todas aquellas cajas de ropa, las bicicletas, los medicamentos, los biberones, la leche maternizada, los zapatitos, y todo cuanto habíamos podido meter, estaba en bolsas o suelto en el maletero, y sobre una de las literas. Era tanto peso que no podría decir si bajaba de trescientos kilos.
Además habíamos cargado la comida para 10 días para cinco personas. Y la ropa de los cinco. Y agua embotellada. Y cosas que se olvidan citar, pero que van ocupando espacio, y acumulan peso.
Arrancamos con muchísimo miedo y nos lanzamos a la autovía. Los kilómetros se suceden, y poco a poco vamos subiendo Altube. Parece que la autocaravana baila un poco, asemeja al coletear de los pescados. Pero se mantiene poderosa y no vacila en su moderada marcha incesante.
Atrás queda nuestra casa, nuestra tierra, nuestra Euzkadi. Entramos en Castilla y León, y de vez en cuando encontramos apostada alguna pareja de la PGC, lo que me produce un vuelco de corazón. Temo porque el exceso de peso nos pueda involucrar en una multa y la consabida retención.
No descansamos hasta casi la conclusión de la autopista en Burgos, y antes de ello repostamos. Tenemos el depósito lleno, la auto va bien, y el ánimo va in crescendo. A medida que viajamos hacia el sur, al interior de la meseta, observamos que la primavera está más retrasada. Ha hecho bastante frío últimamente, y en algunas zonas de las proximidades de Segovia, la vegetación que se observa no es más que una incipiente capa de brotes verdes de cereal. Como una película, el paisaje pasa rápido, y casi sin darnos cuenta, en la lontananza divisamos Somosierra, se adivina una tormenta en la parte más oriental, pero el collado está hacia el oeste unos grados, y no nos va a tocar. Subimos el puerto muy bien. El descenso sobre piso mojado tratamos de consumarlo con más cuidado y precaución. Entramos en Madrid igual de bien. Hay que decidir entre M-30 ó M-40. La experiencia de años anteriores me dicta que por la primera nunca hemos tenido problemas ni retenciones. Así sucede.
Cuando tomamos la carretera de Andalucía, al pasar por las proximidades del poblado de chabolas del Pozo del tío Raimundo, nos acordamos de las víctimas del 11-M. “Y pensar que muchos de los que cayeron ahí eran meros trabajadores asalariados, obreros. ¡Pobre gente!”. Avanzamos unos kilómetros más, ha oscurecido, y empezamos a notar el hambre. Habíamos hablado por teléfono con Víctor y Valva, y suponíamos que nos iban alcanzando, y cuando creíamos que los tendríamos encima, es cuando les hemos aventajado más, pues nos indican que se han detenido. Paramos a cenar. Pensamos que no coincidiremos con ellos para dormir.
Cuando comenzamos el descenso de Despeñaperros, nos llaman y nos informan que están cerca. Avanzamos despacio, haciendo tiempo, esperándoles. Dormimos en Jabalquinto. Es algo más de la 1:00 de la madrugada, pero a pesar de ello, de la hora y de los casi 700 Km, no me encuentro cansado. Supongo que será efecto de la emoción.

Sábado, 3 de abril de 2004

Habíamos decidido salir para las 9:00, Víctor nos llama hacia las 8:15. Mientras él reposta, nosotros damos los últimos retoques. No necesitamos combustible, habíamos llenado pocos kilómetros antes de detenernos. Marchamos sin demasiada prisa, pues antes de las 12 del mediodía no podremos pasar Arroyo de la Miel.
Como a 30 Km de nuestra área de pernocta, cuando circulábamos comunicándonos mediante las emisoras, oímos a Carmen, la mujer de Mauricio. Con ellos van Conchi y Alex y otros amigos. Les informamos que pararemos en Arroyo de la Miel, Benalmádena, para recoger a unos amigos.
Descendemos el puerto de las Pedrizas y circunvalamos Málaga. Hay bastante tráfico. Nos detenemos hacia las 12:00. Nos saludamos, vemos la flamante auto de Mauricio, nueva, impresionante, envidiable. Debo de confesar que me da un poco de envidia, pero nosotros estamos contentos con la nuestra, porque además cada día la siento como un poco más nuestra pequeña casa. Muchos amigos no entienden que más que un vehículo para viajar, la autocaravana sea un poco nuestra casa, y que pongamos en ella el mimo que dedicaríamos a nuestro piso, apartamento o casa. No entienden que te puedas sentir a gusto, cómodo, y que estando en ella no necesites estar en tu propio domicilio.
Habían llegado un cuarto de hora después que nosotros, Bego e Iñaki, nuestros acompañantes de viaje. Hechas las presentaciones y en vista de que nos quedaban bastantes kilómetros, partimos en dirección Algeciras. Nuestro objetivo está en la salida 112 ya en Palmones. Recomiendo a quien circule por esa zona que tome la autopista, es fundamental.
Una vez en el área de Carrefour, pasamos a saludar a Juan Carlos e hijas. Los que tienen que recoger los billetes lo hacen, y los demás nos limitamos al saludo y recoger unas pastas y unos juegos de barajas con los que nos gratifican. Nos indican que la gasolinera que hay frente a la de la gran superficie, que es más barata. Repostamos agua y diesel. Vamos al puerto, donde comeremos sobre la marcha. Allí están Manué y Mª José con Borja; Antonio y Mila con Alejandro y Amanda; Oscar y Salud. Nos saludamos y observamos la posibilidad de ir comiendo hasta que nos indiquen que ya podemos ir colocándonos en la fila de embarque.
Cuando ya atraca el barco, el nerviosismo se apodera de nosotros. Estamos a punto de comenzar nuestra tercera andadura por el rincón noroccidental del continente africano. Pero toda la alegría se trunca al embarcar, ya que siguiendo las indicaciones de un empleado del barco nos damos un golpe con el retrovisor de un coche. Al coche no le pasa nada, pero la chapa de la auto se hunde algo en la zona de la aleta delantera derecha, y aunque no tiene mayor importancia, me da rabia porque no se les debe de hacer caso a los que indican cómo entrar en la bodega del barco. ¡Que nadie se fíe de ellos!. Es preferible que el copiloto o algún amigo esté controlando las maniobras. Preferiría decir que es fundamental.
El barco era rápido, y sí que el recorrido se hizo en menos tiempo que en años anteriores, pero la mar estaba muy movida, y varios de los integrantes del grupo nos mareamos levemente. Una vez en Tánger como siempre, el papeleo de las aduanas se hizo pesado, y nos costó bastante tiempo salir de allí, no más de una hora.
Ya en carretera nos encaminamos dirección Rabat, siempre en dirección de esa ciudad. Al llegar a la primera gasolinera colocamos los pinchos y antenas de las emisoras. Manué y yo acordamos avanzar rápido hasta Fez, pero se nos comunica a través de estos artilugios que el personal desea hacer una parada en Asilah, que llevan muchos kilómetros a sus espaldas y que prefieren descansar. Una vez llegados al pie de la muralla, aparcamos las autocaravanas y nos aproximamos hasta Casa García, a cenar. De haber sabido que la parada era para cenar, podíamos habernos quedado en el restaurante de la carretera en el que hemos comido y cenado en ocasiones anteriores, que además de bien, era bastante barato. Mucho más que el que ahora nos ocupaba. Habría que contrastar precios.
El pescado es exquisito, y a pesar de tratarse de una cena humilde, las anillas de calamar, los salmonetes, o las mismísimas gambas estaban deliciosas. Como acompañamiento, vino blanco marroquí, para darle el toque en su justa medida.
Dormimos contra todo pronóstico in situ, sin desplazamientos como el previsto hasta Fez. Y tuvimos que vernos obligados a regatear el precio del parking, el precio de los centollos que nos cocerían unos amigos vendedores, colegas del vigilante del mismo, etc. Por poco también tenemos que negociar con la francesa de la auto contigua cómo debemos aparcar, pues se debió de molestar por nuestra llegada y por nuestra presencia, o más bien por nuestra proximidad. Y esos serán los que luego nos saluden en carretera. ¡Amabilidad y compañerismo, ante todo!.

Domingo, 4 de abril de 2004

Por la mañana, a las 9:00 hora española y 7:00 hora local, emprendimos marcha hasta la ciudad que debiéramos haber pernoctado la víspera, tal y como se había acordado algunas semanas antes en el itinerario más rápido. Tampoco fuimos por la autopista como estaba previsto, sino que transitamos por la carretera P-2 hasta Larache, Ksar-el-Kebir y Souk-el-Arba-du-Rharb, y desde ahí por la P-6 hasta Sidi-Kacem. Una vez en esta localidad nos desviamos por la P-3 hasta la citada Fez. El horario se iba retrasando y eso se iría notando a lo largo de la jornada.
Pero como dice el viejo refranero, “No hay mal que por bien no venga”. Y si el viaje se estaba haciendo tedioso y lento, estábamos disfrutando de los miles de baches, de los viandantes, de los camiones o vehículos que teníamos que esquivar al cruzarnos, del paisaje, de su vegetación, de poder observar desde tan cerca cómo trabajan y en qué, de cómo reposan al borde de la carretera, de cómo esperan y no sabemos a qué, de lo que es y tardará muchos años en dejar de ser, EL PAÍS.
Si debo recomendar, me atrevería a decir que se vaya por la autovía siempre que se pueda. Ahora bien, no es desdeñable un paseo por el PAIS profundo, conociéndolo de cerca. Aunque seguro que siempre se tendrá tiempo de contactar muy íntimamente.
A la entrada de Fez no encontramos la dirección idónea para llegar a la zona Norte o zona alta. Manué solicitó a un motorista que nos guiase, y de este modo tomamos la carretera de la circunvalación. A mí me hubiera gustado aparcar en la plaza Baghdadi, pero no entramos en ella, y siguiendo las indicaciones del guía, llegamos hasta el alto de la ciudad de Fez. El parking era una birria, no había casi espacio, pero a pesar de todo metemos todas las autos. Estamos en la zona de Ferdaous, al lado del Palacio Jamaï, y próximos al puerta Bâb Guissa. Por un arrabal bajamos guiados por un muchachillo de 12 años, llamado Mohama, hasta la zona baja donde visitamos un almacén de productos derivados del cuero, desde cuya terraza observamos cómo se tiñe y se curte dicho material. Estamos en el barrio de los Curtidores o “Tanneries”. Alguna compra queda frustrada, y los vendedores se enfadan. Siempre pretenden acordar un precio en contra de la voluntad del comprador, y cuando el que tiene que desembolsar el dinero, nada convencido, no da el paso de pagar lo citado, que no lo acordado, pretenden acusar de falta de palabra, y demás improperios que saben decir en castellano. Hay que tener mucho cuidado, son bastante caraduras.
El chiquillo pretende llevarnos a no sé qué lugar, pero insisto en visitar unos talleres de latoneros que había en la misma calle en dirección sur-suroeste, como a doscientos metros. Pasamos al interior del patio, donde observamos cómo sueldan, cómo cortan, cómo perforan, en definitiva, cómo se recrean con el trabajo de dicho metal. Alguno de nuestros acompañantes intenta cambiar la profesión, o cuando menos, hacer un cursillo acelerado de ella, pero la pericia de los autóctonos es tal que no es aconsejable tratar de asemejarse a ellos.
Llegamos a la plaza Es Seffarin, en la que existen varias tiendas repletas de teteras y otros objetos latonados. A partir de ese momento deambulamos por la medina, y vemos la Mezquita el Karaouiyine y la zona neurálgica de sus alrededores.
Compramos dátiles y frutos secos para ir paliando el hambre y así poder aguantar un ratillo por allí. No vemos ninguna de las arterias fundamentales, como Rue du Grand Taláa o Rue du Petit Taláa, pero el paseo por entre aquellos callejones, merece igualmente la pena. Durante esta jornada la familia de Ros no nos han acompañado, y estamos un poco inquietos porque no sabemos si ya habrán vuelto a la auto. Hacia las 5:30 regresamos a las autos y lugar de aparcamiento. Poco a poco, deshacemos las maniobras y vamos saliendo del barrio hacia la carretera que circunvala la ciudad, para descender por la zona del puente sobre el Oued Fès, por el que se denomina Tour Nord.
Tomando la salida hacia Oujda visitamos un taller de alfarería, pero especialmente de cerámica. Entre las explicaciones de la muchacha que ejerce de guía, los buenos conocimientos de Manué tanto de francés, como sus años de experiencia en ese campo artístico y técnico, dan lugar a un paseo por los aspectos más insólitos del bello arte de transformar el barro en platos, vasijas, tejas, azulejos, etc.
Al concluir la visita salimos de la ciudad por esa carretera para circunvalando la ciudad por su lado este-sur, llegar al estadio olímpico, desde donde tomaremos la P-24 a Ifrane y Azrou. Desde que hemos abandonado la ciudad, vamos observando cómo miles de personas se encuentran en las praderas cercanas a la misma, pasando un día de pic-nic. No sabemos qué es o de qué se trata, pero estoy seguro que celebran algo especial. Acaso sea algo similar al “domingo de Ramos”, o algo que en Levante llaman “domingo de monás”. Tiene que ser algo religioso, porque no es algo único de Fès, sino que lo iremos observando a lo largo de los kilómetros que la luz solar nos permita tener una percepción del entorno por el que iremos circulando.
La noche se ha cernido sobre nosotros, y la conducción se vuelve peligrosa. No por el tráfico en uno u otro sentido, sino por la cantidad de elementos no identificados que viajan por el arcén, bien caminando, bien en pollino, bien en bicicleta, o incluso en vehículos sin luces de posición. Se sufre más por no atropellarles que por hacerlo.
A la salida de Azrou repostamos diesel y agua, a la vez que vertemos las residuales. Una vez llegados a los cedros no hay acuerdo sobre dónde parar. Carmen y Salvador estaban arriba en la explanada esperándonos. Los demás giran hacia la derecha, en dirección Âin-Leuh, pero en vista de que no es hacia allí donde estaban esperándonos, desandan el camino errado y una vez todos en el parking donde se venden los fósiles, decidimos irnos a la campa de hace dos años.

Lunes, 5 de abril de 2004

Por la mañana bajamos a ver a los pocos monos que quedan, les saludamos, les ofrecemos de desayunar, y les hacemos algunas fotos. Como todavía tenemos tiempo hasta la hora en la que hemos quedado para iniciar la marcha, algunos nos aventuramos caminando a llegar hasta el cedro Guorad. Un camión con grijo pasa y Víctor le para. Chapurreando algo de francés nos hacemos entender y al chofer no le importa llevarnos. Mila y Bego pasan a la una cabina atiborrada de flores, estampitas, pegatinas y otros trastos que no hacían más que dificultar la visibilidad del conductor. Los demás, Valva, Víctor, Antonio y yo, nos encaramamos a la cartola, y compartimos el espacio, felices, con la carga. La llegada es una cuesta abajo desde la que se divisa el famoso cedro. Espectacular. Entre cinco personas no lo podemos abarcar. Alrededor de él han surgido una serie de parásitos, que en simbiosis con el árbol, parece que reciben o han encontrado el lugar donde vender al turista alguna baratija inservible. Comenzamos el regreso y son más de tres kilómetros. El mismo camión a su vuelta, nos alcanza y nos lleva en los últimos 500 m.
Retornamos al campamento, donde tenemos las autos, e iniciamos la marcha a la hora convenida. Seguimos ascendiendo por aquel relieve del Moyen Atlas, y aunque parece imperceptible la subida, pasamos por el Jbel Hebri, a 2104 m de altitud. Continuamos en dirección hacia Midelt, sin dejar de sorprendernos por todo cuando pasa frente a nuestra mirada. Los campos verdes y cargados de cereal, la mañana espléndida, las flores que decoran las cunetas, la gente que nunca falta, y los niños.
Carmen y Salva se detienen en diversas ocasiones para hacer entrega de ropas y otros enseres. Valva y Víctor hacen lo propio. Se van quedando atrás, pero enseguida nos alcanzan, pues nuestra marcha es más pausada. Al llegar a Midelt, nos detenemos casualmente frente a un centro escolar, junto al que hay apostada una pareja de policías. Se les dan unas explicaciones sobre nuestro interés por hacer entrega de material escolar, y piden algún tipo de documento. Les mostramos un escrito que llevo redactado en francés sobre nuestra pertenencia a Bikarte, Asociación Benéfica. Llaman por teléfono al director del centro, quien se persona algo asustado. Nos indica que el colegio está cerrado por vacaciones, y que en él se encuentran todos los directores de todos los colegios de la región, disfrutando de unas jornadas pedagógicas.
Consideran que la persona indicada para recoger lo que deseemos entregarles, debe ser el Inspector Regional de Educación, pero que aun no encontrándose presente, llegaría en unos minutos. Poco después aparece el hombre, y tras entender nuestro interés y nuestro objetivo, nos indica la ruta para acceder hasta el centro de la Inspección Técnica Regional. Los policías se quedan encantados de nuestra parada, pues a ellos también les toca algo, ya que unas calculadoras y unos bolígrafos nunca vienen mal.
Ya en la desvencijada sede de la Inspección, van saliendo de la autocaravana de Valva y Víctor varias cajas de material de oficina y escritorio, muy válidos para profesores y alumnos. Todo gracias a la generosidad del jefe de Valva, de la empresa PAPYNDUX S.A.. Muchas veces no sabemos valorar la generosidad. Creo que gestos como éste debieran de ser obligatorios. Lo peor de esta donación es que hay que transportarla, y cuesta mucho esfuerzo, físico y económico, pero que lo hemos hecho con agrado, sabiendo y viendo cómo viven los niños.
Hacemos entrega del material, y le solicito un pequeño documento mediante el que se pueda acreditar que efectivamente se ha realizado dicha entrega, y que ese material no ha servido para lucro nuestro. En la puerta del centro, nos hacemos una foto con el Inspector y varios colaboradores. El hombre está interesado por saber si necesitamos algo o si queremos visitar algo. Él está dispuesto a acompañarnos. Declinamos el ofrecimiento, y nos acercamos hasta una zona más céntrica, donde los cazavisitantes nos indican algunas tiendas de alfombras y un almacén de fósiles.
Manué se adelanta algo y continúa la ruta. Los demás tratamos de deleitarnos en un paseo matinal agradable. Toni y Antonio habían hecho lo propio, y habían continuado tras el rodar de Manué. Los demás, que habíamos comenzado a repartir ropas y otros enseres, nos vemos abrumados por una tribu de exigentes pedigüeños, que no saciaban su incesante “dame-dame”. Ángel pretende dejar algunas medicinas en el convento de las hermanas franciscanas, pero a pesar de repicar varias veces en su puerta, ni siquiera el mismísimo Dios contesta. Leo en una guía que suelen ir a trabajar a la Alcazaba Miriem, donde en colaboración con unas trabajadoras, fabrican las mejores alfombras de la región.
Salimos hacia el sur y comemos en el primer puerto, en el Jbel Ali-ou-Rbeddou, a 1907 m. Después del descenso desde el primer paso montañoso hasta Midlet, hemos vuelto a subir algunos metros hasta esta nueva cota. Abastecemos de ropa a cuantos niños y adultos se nos acercan. Seguimos sin saber nada de Manolo, su cuñado y Toni. Con alguna llamada nos indican que pueden estar esperándonos en Source bleue de Meski. Es bastante tarde y teníamos que comer, por ello no habremos llegado hasta donde se podrían encontrar ellos.
Durante el reparto de ropas, Víctor quiere saber si en esa zona de tanta oveja y cabra, alguien fabricaría queso. No nos hacemos entender, pues los pobladores del lugar no hablan francés. Estamos entrando hacia el Maroc menos evolucionado, y en las montañas, entre los pastores, las lindezas lingüísticas quedan un poco alejadas. Sabemos que en algunas escuelas se enseña francés, y hasta en francés, pero estamos en el Atlas. Víctor marcha, acompañado por un chaval, y se le ve desaparecer por detrás de una loma. La descripción de lo que vio, no sé transcribirla. La pobreza rayaba lo inhumano. En aquella chabola, donde no había ni un solo mueble, le ofrecieron leche. Debemos suponer que no les sobra demasiada para transformarla en suculentos quesos para turistas ávidos en manjares occidentales.
Viajamos rápidos, pues queremos alcanzarles, pero hay muchas cosas para ver. Una foto de los paisajes pedregosos y desérticos nos hacen detenernos un instante. Al llegar a Ait-Koujmane recuerdo aquella fuente termal a la derecha de la carretera, y una vez pasado el puente sobre el oued, propongo una nueva pausa. Apetecería un baño, pero tenemos prisa.
Descendemos hasta Er Rachidia, y en pocos minutos llegamos hasta Source bleue de Meski. Nuestros amigos tampoco están allí. Pero hay gente que no ha venido nunca a Maroc y no conoce nada, y no podemos pasar por todos los sitios sin detenernos para ellos. No queremos que se vayan con la impresión de haber visto un documental. No descendemos con las autos, pero así todo tenemos que pagar por entrar.
Ya casi se ha metido el sol. Un par de kilómetros más y nos encontraremos de bruces con el palmeral de Zaouia-Jedida, paramos para hacer fotos.
Anochece y nos aproximamos a Erfoud. Allí están esperándonos nuestros amigos. ¡Por fin!. Me disculpo con Manué, y el hombre no denota estar enfadado. Salimos ligeros en dirección a Rissani, diría que demasiado deprisa. Por un momento se me alejan las luces de mis predecesores, y una ráfaga de intuición me hace encender las luces largas. Un ciclista sin luces circula delante de mí por el centro de la calzada en la más absoluta penumbra. Alá le salvó la vida, pues el frenazo fue brutal. Con el corazón encogido continuo hasta la localidad citada y sin descanso hasta Merzouga. A la entrada del pueblo comprobamos que nos hemos pasado. Manolo contrata a un muchacho que viajaba en motocicleta, y éste nos lleva hasta la puerta de la kasba-albergue Aiour.
En la parte posterior del Hotel nos han preparado unas mesas donde nos agasajan con unos cacahuetes y unos tes Charlamos mientras descansamos. Y ahí está ella, la LUNA, imperando en su firmamento, tímidamente saludándonos. Me fijo durante un instante, y ella me devuelve el saludo con un guiño. Ya nos conocíamos, y volver a encontrarnos es agradable. Quizá tengamos unos instantes para estar a solas.
Nos retiramos a las autos a cenar, con intención de tomar algo después, cuando el personal se encuentre descansado.
En un banco de piedra de la parte posterior de la casa estamos sentados Ángel con su infatigable cámara, Oscar, las dos Begoñas y los dos Iñakis. Un grupo mixto de hispanos y mabgrebies tocaban determinados instrumentos y cantaban al son de los mismos. Y nosotros charlábamos de los interesante que nos estaba resultando lo poco que íbamos conociendo de este país.
En vista de que nadie más se había animado a acompañarnos en la velada, y pensando que algunos deseábamos ver el amanecer del sol sobre las dunas del “Pequeño Desierto”, convinimos en que sería pertinente acostarse.

Martes, 6 de abril de 2004

Muy temprano ha comenzado el día. Alguien ha llamado a nuestra auto, y a pesar de las pocas ganas que tenía, en un alarde de no desaprovechar ni un momento de mi estancia por Maroc, me he levantado y me he ido hacia el este.
Ya habían partido Toni y familia. Yo iba con Mª José y Borja. Caminamos unos cientos de metros. Acaso algo más de un kilómetro, sobre una arena fina y fresca, bien apelmazada, sobre la que se puede pisar cómodamente, ya que difícilmente se hunde. Y aunque así suceda, aunque se llenen las playeras, los calcetines, de arena, al concluir el paseo, se sacuden, y no queda ni un grano de ella como muestra.
Un grupo estaba aposentado sobre lo alto de una duna. Desconozco quiénes son, y no me comunico con ellos. Avanzo unos metros más, y me encaramo en una duna más alejada en dirección este. Ya está bastante avanzada la mañana. Ha rayado el alba hace bastante, pero la corona del astro rey, todavía no se adivina. Y me temo que difícilmente se llegue a ver en todo su esplendor, pues en la misma dirección se atisban unas nubes a modo de neblina, que pretenden disminuir el espectáculo.
Van pasando los minutos, ¡largos minutos!, y el sol podría haber roto aguas, pero un velo aterciopelado cubre su nacimiento. Parece que el recién nacido deba de ser cubierto, disimulando y escondiendo su físico incierto. Las dunas no llegan a marcar con firmeza el contraste que sobre ellas produce la cara iluminada de la aún en penumbra. Pero la cámara no es capaz de archivar en su retina la fuerza de la luz incipiente. Todo queda oscurecido.
Y giro mi cabeza hacia el oeste y percibo las lejanas dunas y una tenue cadena montañosa que comienzan a bostezar bajo una pálida capa de naranjas y ocres que simulan la piel de un bebé recién parido. Y la vida empieza una vez más.
De repente, sin haberme dado cuenta, Borja ha alcanzado mi cota. Charlamos y trato de hacerle observar y entender los contraluces que se producen en la arena, las ondulaciones de la misma, las huellas de los escarabajos, o hasta las de ciertos zorrillos que habitan en la oscuridad de la masa arenosa.
Comenzamos el regreso. No sé que hora es, pues con las prisas se me ha olvidado el reloj, y no estoy acostumbrado a calcular la hora a estas alturas del sol. Borja se me adelanta, y llega hasta donde su madre. De los demás no sé nada. Desandamos el camino, volviendo por las mismas pisadas que hemos ido, y pronto se deja ver la humilde casa de la familia bereber que nos ha acogido.
Algunos de los que podrían haber ejercido de camelleros para los que han ido al amanecer, ahora ejercen de vendedores de fósiles, a los que se acercan amigos de las expedición. Comento con alguien sobre el hecho de haber ido a ver amanecer. La mayoría están desayunando. Me debo de dar prisa, pues se había quedado a las 9:00 con los chóferes de las furgonetas para dar la vuelta al desierto.
Manué me indica que la noche anterior había estado tomando un refrigerio junto a las autos, y que se sorprendió de que nadie se hubiera animado. Cuando le expliqué que habíamos estado en la otra parte del edificio, en el lado este, lamentamos no haber podido departir esa velada. A la hora convenida, y puntuales tenemos los tres vehículos esperándonos. Salimos del aparcamiento en dirección a la carretera general, y una vez que la atravesamos, procedemos a dirigirnos en dirección oeste. Algunos cientos de metros más allá encontramos una charca o pequeña laguna, sobre la que vemos algunas fochas y pequeñas anátidas. Se trata de Dayet Srji. Observamos que el suelo es blando y que puede producir hundimientos, por lo que es mejor no acercarse demasiado, así nadie se enfangará. Se hacen varias fotos, por lo insólito del hecho, y tenemos la siempre omnipresente suerte de encontrar varios vendedores de fósiles. ¿De dónde habrían salido? ¿Por dónde habrían venido?.
Y cuando todos estábamos ya casi montados en las furgonetas, de repente, entre las otras dos, observo que se produce un tumulto. ¡Algo ha debido de suceder!. Se me pasan varias cosas por la cabeza, pero observo en voz alta, a modo de gracia, que se había producido algún altercado, o que alguien se estaba peleando. Nos acercamos y …, claro que alguien se estaba pegando. No me había equivocado. Valva se había llevado un buen “tomatazo” en el dedo corazón de su mano derecha. Nuestro querido Manué había cerrado aquella desencajada puerta que mal cerraba, con toda la potencia que sus casi 100 Kg pueden impulsar, pillando la delicada mano de Valva, que en ese momento se incorporaba a la furgoneta, y que estaba apoyándose y agarrándose al travesaño de la misma. Tuvimos suerte de que no le llegase a guillotinar los dedos, pero no creo que le faltase demasiado. El hematoma fue muy considerable. Pero el cariño de todos, los masajes de Mercedes, el agua fresca y el oxígeno puro y polvoriento del desierto, le fueron mitigando los dolores. Creo recordar que alguien le ofreció alguna aspirina o algún calmante. ¡Siempre hay que llevar un mínimo botiquín!.
Y una vez que se nos fue pasando el susto, cuando entendimos que no había que ir a ningún centro asistencial, con el envase de media botella llena de agua, y su mano a remojo, reemprendimos la excursión.
Nuestro chofer circulaba campo a través o a campo traviesa. En algunos momento yo temía que pudiésemos saltar por los aires, o peor aún, dar vuelta campana. Pero nada de ello sucedería durante el día. Lo peor ya había acaecido. Pasamos hasta una pequeña aldea donde viven varias familias de gente de color, cuyas casas, como la mayoría del resto del país, son de adobe. Hemos llegado hasta Khemlíya.
Los niños tienen aspecto de negros. Los adultos también. Pero se entremezclan los tonos de la piel, y sólo unos pocos son verdaderamente negros. Nos hacen pasar al salón de una casa. Sobre unas jarapas y recostados en unos cojines nos sentamos. Una vez más se me ocurre bromear y sugiero que nos van a bailar. Unos minutos después contemplamos cómo se prepara una ceremonia. Han traído una gran bandeja con muchos vasos y té. Cuatro jóvenes de piel bastante oscura aparecen a la puerta del salón, y ataviados con una túnicas blancas, bajo las cuales aparecían unos pantalones blancos del mismo tejido, uncidos con unos gorros blancos, acompañados por otros dos músicos que esgrimían sendos instrumentos de percusión y cuerda, comienzan un ritual castañeteando unos crótalos bastantes estruendosos. Cantan y bailan al ritmo de aquella música, crean formaciones y movimientos geométricos y simétricos. Se mueven conexionados por los codos, sin cruzar los brazos, y resaltan de sus bocas los enormes dientes blancos. Té, música, danza, ritmo, el lugar, la sorpresa, todo nos hace soñar con lo afortunados que estamos siendo con ese espectáculo y lo inesperado de la situación.
Antes de acceder al interior del salón, había observado cómo unas mujeres cocían pan en el interior de un “horno”. Y lo remarco entre comillas porque aquello no era lo más parecido a un horno convencional, pero ejercía funciones de ello. En una chabola bajo tierra, sin luz, mas que la que entraba a través del espacio de la puerta, acurrucadas, con una gran humareda en su interior, utilizando no sé que leña, (todos los alrededores es un total desierto), tenían una pequeña hoguera sobre la que extendidos en una plancha de algún posible bidón reciclado, tortas de pan que iban adquiriendo su aspecto comestible. Una vez concluido el espectáculo musical, pregunté por las tortas de pan, y adquirí tres. Una casi se comió antes de subir a las furgonetas.
Un corral se escondía también bajo tierra unos metros más allá de las casas, y desde fuera oímos cacarear unas gallinas y alguna cabra.
Y ante las sorpresas, faltaría la más importante para mí, desde el punto de vista profesional. Alguien me llamó con urgencia, pues entre el horno y el salón de danza había una pequeña construcción de unos diez metros de largo por seis de ancho. Su interior, mucho más minúsculo, lo clareaban dos pequeños ventanucos y el resplandor que permitía la puerta. Perplejo, admirando el qué y el cómo, observé que aquello era LA ESCUELA. Varios de los miembros de la expedición ya se encontraban en su interior. Conversaban con el maestro, un muchacho joven, de piel morena, que con la ayuda de otro, impartían clases de francés. Los niños y niñas estaban sentados en el suelo, y en sus cuadernos podíamos leer algunas frases en alfabeto europeo. Quise hacer una foto del interior de la única aula, y al pretender pasar hacia la parte posterior me percaté que los niños estaban descalzos. Me descalcé las playeras y pasé hasta el fondo. Hice las fotos que pudieran servir para llevarme una referencia plástica del entorno escolar, pero no me prodigué en el abuso, para no resultar molesto.
Al maestro se le entregaron varios objetos de material escolar, y una bolsa de ropa. Durante nuestras entradas y salidas, durante nuestro alboroto, en ningún momento los niños se movieron de sus sitios. No hablaron, no hicieron ademán de querer coger nada de lo que allí se estaba dejando, de pedir, de entrometerse en las conversaciones. Fue una ejemplaridad absoluta. Nos quedamos boquiabiertos, sabiendo cómo son los niños/as españoles y cómo actúan cuando hay visitas a sus aulas.
Fuera del pequeño edificio una hilera de niños se recostaba contra la pared. Aunque no estuvieran bien aseados, o pareciese que no lo estaban, la dulzura de sus miradas, sus sonrisas, la ingenuidad que derrochaban, inspiraba una delicadeza capaz de enternecer al corazón más inmutable. Con aquellos ropajes, a veces descalzos, despeinados, y rezumando polvo por todas partes, sin mediar palabra, estaban tocando a la puerta de nuestra generosidad, y cada uno se marchó de allí sintiendo lo mismo: “si volvemos otro año tenemos que traerles algo”.
Y con esas palabras en la boca seguimos rumbo hacia el sur. Fuimos recorriendo algunos kilómetros por una planicie deforme, que en algunos casos parecía liso, y seguido aparecía una oquedad que podría dar un susto a más de uno. Se asemeja a una cubierta semi plana, donde la erosión ha trabajado duramente, y donde aparecen piedras de origen volcánico que van quedando flotando sobre la arena que las sustenta. Puede tener aspecto de una plataforma por la que se podría circular placenteramente, pero la movilidad del subsuelo es una trampa para los menos avezados.
Y con esta y otras pesquisas en mi cabeza, vamos rodeando la zona sur del pequeño desierto, y rodando sobre pistas que pueden desaparecer en cualquier momento, encaminándonos hacia Mtis. En la lontananza, sobre un promontorio observamos unas construcciones, y a medida que vamos acercándonos, un poblado hacia el noroeste. Nuestro guía, nos cuenta que se trata de un destacamento militar, que anteriormente existió toda una industria minera de Kolh, y que los franceses que lo explotaron, cuando consideraron que no era rentable lo abandonaron. Algunas de las casas sirven de alojamiento a los soldados, y el resto se encuentran en estado ruinoso. Así todo, al llegar al alto y observar la extensión del poblado, nos hicimos idea de cuánta gente debió de vivir allí, pues se veían muchas casas, con sus calles, e incluso en la actualidad puertas y ventanas quedan en pie.
En el alto, un par de construcciones y un pozo. Unos individuos se encontraban sacando agua, y June pretendió colaborar en la extracción. Cuando no pudo controlar la manivela que enrollaba la cuerda, la soltó, y aquello adquirió tal virulencia que me asustó. La caída en vertical tenía más de cien metros. Realmente era un pozo profundo.
Próximos a él existían otros agujeros, de los que no alcanzamos a ver la profundidad. Las piedras que lanzamos estuvieron cayendo durante un rato. Sujetándonos de la muñeca y de la mano, algunos asomamos la cabeza, y tanto por la profundidad como por la negrura del mineral, fuimos incapaces de atisbar hasta dónde podía caerse algún despistado.
Desde el alto veíamos la frontera argelina y los cientos de kilómetros cuadrados de tierra sin vegetación. Aunque la zona no era especialmente arenosa, no podemos describirlo de otro modo que no sea el de desértico. Acaso tenga más que ver con el paisaje lunar, pero si no es así, creo que merecidamente está tan poco humanizado, igual que el astro al que hago referencia.
Continuamos viaje, y poco a poco, en dirección norte, llegaríamos hasta el asentamiento de una supuesta o presunta familia nómada. Varios niños pequeños, algunas chicas de no mucha edad, entre veinte y treinta años, y una señora mayor conformaban toda la familia presente. No sé si alguien les explicaría a qué íbamos ni por qué lo hacíamos. Nos metimos en su haima, y sentimos el placer de no sufrir el acoso del sofocante calor. Husmeamos entre sus cosas y enseres. Un molino de piedra, que todavía utilizan para moler grano y con lo que posteriormente cocerán pan como el que nos ofrecieron. ¡Tenía más arena que harina!. Yo le di unas vueltas y no me pareció dificultoso, para experimentar cómo funciona, pero no para tener que hacer la harina todos los días. Y menos el pan.
Les hicimos entrega de una bolsa de ropa y no sé si alguna cosa más. Degustamos un poco de pan. Y no sé si alguno de los presentes se acercaría hasta la casa de adobe que tenían junto a la haima. El caso es que si eran nómadas, ¿por qué disponían de una construcción contigua a la portátil?. ¿Para qué la utilizaban?. ¿Son realmente nómadas o viven en aquel lugar de continuo?. Sea como fuere, no quisiera para nada tener que verme relegado a vivir en aquella parte del mundo, y supongo que peor que ella las habrá. No sé calcular, pero la ciudad más cercana podría ser Merzouga o Rissani, que podrían distar no menos de 30 ó 40 Km. Me imagino que disponiendo de una caballería, y me estoy refiriendo a un pollino, para llegar hasta alguna de dichas localidades no tendrían menos de una jornada de marcha.
Nos despedimos como supimos, y continuamos hacia la cantera de fósiles. A lo lejos una hilera de camellos y gente caminando. Nos explica el guía que se trata de gente que contratan camelleros y dromedarios, cargan todo lo necesario para pasar varios días por el desierto, y marchan a perderse. Nos acercamos hasta ellos y les vemos de cerca. Alguien se los lleva de recuerdo: una foto.
Giramos hacia el oeste y cruzamos sobre las rodadas de lo que suele ser el itinerario del archí conocido y famoso rally Paris-Dakar. Seguimos avanzando y pasamos próximos a unos hoteles. Algunos kilómetros después estamos en la cantera de fósiles. El propietario nos indica de dónde los sacan, pero el verdadero lugar de extracción ni lo olemos. Los precios son un poco altos. Creo que nadie se animó ni a interesarse por alguna pieza.
Estando el personal algo cansado, siendo bastante tarde, y no habiendo almorzado, lo que teníamos eran ganas de volver a las autos a descansar. Ante el silencio que reinaba en nuestra furgoneta, al volver la cabeza me encontré con casi todo el personal atrapado por Morfeo. Yo traté de aguantar, pero la debilidad me vencía. Respirando profundamente y tratando de distraerme con el rodar de otros vehículos con los que nos cruzaríamos, empezamos a ver un depósito de aguas no muy alejado de Adrouine.
Poco a poco empezamos a ver la zona de Hasi Labiab. Cruzamos el pueblo y ansiosos por llegar alentamos la furgoneta y a su chofer. Serían más de las cuatro de la tarde. Tenía que pagar a los conductores, pero busqué a Ibraim, el hermano de Moha, que casualmente había ido al pueblo. Cuando regresó, les dimos los convenidos 700 Dh a cada uno, además de algunas prendas de ropa.
Y ya en casita, preparamos algo de comer. Nosotros estrenaríamos mesa. Oscar Hevia había adquirido una plegable de patas extensibles en un comercio de Algeciras, ya que no habíamos encontrado dicho modelo en ninguno de los visitados cerca de casa. Víctor sacó su pancha para asar diversas viandas, y de este modo, la familia de Manué, Víctor y Valva, y nosotros cinco, integramos el grupo que en el corner oeste compartimos mesa. Posiblemente sería la única vez en todo el viaje que nos juntaríamos varios, pues éste sí que ha sido uno de los grandes fallos que hemos detectado: excesivas prisas que no han dado opción a compartir mantel.
Después de la comida se acercaron Hevia y Salud, Moha, Carmen, y no recuerdo a nadie más. Tomamos algún café y estuvimos charlando y reposando bastante rato. Cuando consideramos que empezaba a hacerse tarde, con la ayuda de Moha trasladamos las cosas que se entregarían en la Asociación. El coche ranchera de éste, hizo dos viajes repleto. Los demás fuimos caminando.
Una vez allí, la Presidenta de la Asociación nos dio explicaciones de qué hacen con las ayudas que reciben, cómo las gestionan, y en qué están repercutiendo en la región. Vimos un panel con fotos y gráficos de todo lo expuesto. Finalmente, en la última estancia tenían un pequeño almacén donde se exponen a la venta los trabajos que van realizando las mujeres del entorno. El dinero que les proporciona la venta de dichos trabajos, es la ayuda con la que contribuyen a la economía familiar. Debo decir que el pueblo está bastante arreglado, limpio, ordenado. Y no debemos olvidar que estamos haciendo referencia a un pueblo que hasta el año pasado no ha tenido carretera, y que está ubicado en el desierto.
A la salida de dicha Asociación, cuando todos pasaron a un almacén de alfombras, Víctor y yo nos aproximamos hasta un pequeño kiosco-bar, donde tomamos dos refrescos de cola de botella, de cerca de medio litro, por 3 ó 4 dh cada uno.
Las alfombras que pudimos ver eran muy bonitas, pero más me llamaron la atención todas las piezas de plata que tenían en otra estancia contigua. Y así entre compras en una estancia y otra, se nos pasó el rato sin darnos cuenta.
Llegamos a las autos con el tiempo justo para pasar por el servicio y entrar al albergue-hotel a cenar. Habíamos contratado la cena con uno de los chicos y el propio Moha, centrándonos en ensaladas, tallines de carne y verduras, rodajas de naranja con canela, agua embotellada, y no recuerdo si hubo té. Pero como decimos que “donde hay confianza, da asco”, pues abusando de ésta, llevamos nuestro cajón de vino, (el de Víctor), de 16 litros, y así fuimos cenando a nuestro antojo.
Si bien debo decir que nadie quedó con hambre, tampoco puedo excederme en halagos, pues las ensaladas fueron escasas, y el resto de la cena en su justa y casi matemática medida. Lo que sobró no sé si fue porque estábamos llenos o porque era lo que menos nos gustaba. Para concluir la cena, Ángel aportó unas burbujas de cava, excelente, que remataron la cena elevándola al “Cum laude”. Por nuestra parte ofrecimos patxaranes, licores de café y de orujo, (de la Senda del Oso).
Y la cosa fue cogiendo calor, hasta el punto que Moha y algunos de los primos, unidos a los integrantes de una mesa contigua, comenzaron a cantar castañeteando los crótalos, y tratando de sacarle notas a una desconcertada y perdida por alguien, vieja guitarra.
Cuando los párpados no podían mantener la distancia que la normal visión exige, nos fuimos despidiendo de los más resistentes.

Miércoles, 7 de abril de 2004

Cuando nos despertamos por la mañana, con todo recogido, fuimos pasando por el grifo que Moha ha colocado en el lado sur del albergue. Grifo, todo sea de paso, que está colocado para los autocaravanistas que deseen acercarse hasta el hotel AIOUR. Gestión llevada a cabo por miembros de inexistente P.A.C.A., allá por la primavera del año 2002.
Delante del hotel también se dispone de un espacio de 1500 metros cuadrados para aparcar. El tema del reciclado de las aguas grises, así como de las negras, aquí llevan el mismo proceso que las del resto de la región. En nuestro caso, y tras comentarles que no era conveniente juntar las nuestras con el pozo séptico que ellos utilizan, excavaron una zanja alejada de todo paso humano o animal, donde no hay vegetación circundante, y que será cubierto para no generar otras contaminaciones.
Tras las despedidas y abrazos pertinentes, tras las fotos de última hora, emprendimos la marcha hacia la carretera. Y cuando nos alejábamos, con pena, veíamos desde la última posición la hilera de autocaravanas con paso sosegado y polvoriento. Nadie puede imaginar el espectáculo.
Una vez en la carretera nos tuvimos que emplear con soltura y presteza, pues Manué había metido el turbo y estaba llegando a la primera localidad casi civilizada. No les captábamos por la emisora, y temiendo despistarnos, a más velocidad de la que debiéramos, llegamos a Rissani. Fue un infierno cruzarla, pues no deben de estar acostumbrados a que circulen vehículos como los nuestros, y continuamente cruzan las calles, arrastran todo tipo de cacharros móviles o carromatos, y no respetan las más mínimas normas del más básico código de circulación.
A la salida de allí, ya de camino hacia Erfoud, repostamos. Llegando a la referida ciudad, y sin entrar en ella, se toma la carretera hacia Tinerhir.
A través de las emisoras nos dábamos explicaciones de todo cuanto nos llamaba la atención. Apuntemos los feggaguir o pozos que había a los lados de la calzada, formando ejércitos de hileras de montículos, a los que veíamos asomarse algunos curiosos que se habían detenido. Manué encontró la explicación. Se trata de unas canalizaciones subterráneas que drenan el agua de la capa freática procedente de ríos como el Todgha, que se halla a más de 100 Km
Más adelante unas mujeres caminaban desde no supimos dónde, y mucho menos imaginamos hasta dónde, con unos atados de leña a la espalda, bajo aquel injusto sol en medio de la inmensidad desértica. Me queda el consuelo de pensar que para ellos todavía es primavera, y aún se visten con ropas de abrigo, por lo que no tienen demasiado calor. Nosotros, todos íbamos en manga corta.
Al cruzar Touroug, paramos a comprar pan. Había mercado, y se convirtió en una pequeña aventura tratar de cruzar este pueblo. Había que echarle valor para seguir acelerando y no atropellar al personal.
Y así mirando hacia un lado u otro, preguntándonos esto o aquello, llegamos al cruce con la carretera que se acerca hasta Tinejdad. Queríamos encontrar el lugar en el que habíamos comido hacía dos años. Ahora veníamos más adelantados, y no porque los vehículos fuesen mucho mejores, sino porque habíamos tenido la suerte de no encontrarnos aquellos casi 30 Km sin asfaltar a la salida de Erfoud.
Marchamos despendolados. Llegamos a la entrada de Tinerhir, y nada más pasar el semipuente, giramos a la derecha. Comenzamos el ascenso al caserío que rodea el palmeral. En la parte suroeste de éste nos encontraremos sobre un promontorio que proporciona una espléndida vista de noroeste a sureste del mismo, desde las paredes rocosas del Atlas hasta las estribaciones del desierto. Y abajo el verdor, el frescor de una insospechada agricultura. Pero aunque el lugar es espectacular, y tenemos enfrente unas construcciones en adobe que para nada tienen que envidiar al propio Âït-Benhaddou, el enjambre de pedigüeños, de camelleros, de “mírame” y “págame algo por mirarme”, te hacen aborrecer el sitio. Enseguida seguimos la carretera y llegamos, con sorpresa, a las propias gargantas. Y aquellas gargantas de Todgha que hace dos años estaban vacías, y sin asfaltar, están ahora abarrotadas de coches, sin lugar donde detenerse. Continuamos hasta salir de ellas por el lado noroeste. Aparcamos donde podemos, y descendemos caminando. Oímos música proveniente del hotel Yasmina, pasamos por encima de unas tablas sobre el recién nacido río, y curioseamos unos momentos. El día está amenazante, chispea algo, y nos desanimamos de pasear. Volvemos a las autos y comemos.
Retomamos la marcha y descendemos hasta el semáforo que habíamos dejado abajo, en el cruce, junto al puente. Ahora nos encaminamos hacia el suroeste.
Cuando llegamos a Boumalne du Dadès encontramos a Carmen y nos detenemos un momento. En la cuesta he visto un mural que merece la pena hacerle una foto, pero se decide continuar, y casi a la carrera me acerco al lugar, disparo, y salimos pitando. Unos pocos kilómetros más y llegamos a El-Kelaâ des M’Gouna. Allí habíamos comprado esencia de rosas, informo a través de las emisoras y alguien se para.
Continuamos el viaje, y no muy lejos de allí, no recuerdo el nombre, pero no creo que fuera antes de Skoura, paramos a la orilla de la carretera donde compraremos cerámica, más bien barata. Llueve, y mientras estamos por allí, llega Ángel. Bego hace entrega de unas bolsas de ropa a unas chicas que hilaban algo, cobijadas en un porche. Desde El-Kelaâ habíamos venido circulando por el interior del palmeral, y da la impresión de que se está cruzando un único pueblo, pero en realidad existen varios conexionados, que conforman un poblamiento en hilera de casas, a lomos del palmeral, a los que cruza una única carretera. Calculo que no habría menos de veinte kilómetros de población.Va atardeciendo, y las nubes afean el paisaje, además de que presagian más lluvia. Se divisa la presa El-Mansur, hacia el suroeste, lo que nos hace suponer que estamos muy cerca de la ciudad. Unos badenes y entramos en la primera zona de semáforos. La zona moderna queda a nuestra derecha, pero es preferible acercarnos hasta la kasba de Taourirt. Aunque está cerrada, desde el aparcamiento que hay enfrente, a la puerta de la cooperativa artesanal, podemos deleitarnos con su magnitud y su belleza. Era la residencia del Pachá de Marrakech, y asemeja a un pueblo fortificado, con cientos de callejuelas donde perderse. De haber llegado un poco antes hubiéramos visitado los apartamentos del Glaoui, que siguen conservando su decoración de estucos pintados y los techos de madera de cedro, pero al estar cerrado nos conformamos con callejear los aledaños de la edificación. Hace dos años la visitamos y nos quedamos un poco fríos, pues sólo se ven las paredes. Mobiliario no queda nada, y eso debilita la imagen de cómo lo utilizaban.
Algunos adquieren pañuelos auténticos de bereber en alguna de las tiendas que encuentran abiertas.
Ya anochecido marchamos hacia la ansiada y ambicionada Âït-Benhaddou. La carretera serpea y se me hace complicado conducir por ella, por la falta de visibilidad, y porque prefiero prevenir que no salirme de la estrecha calzada. Con paciencia llegamos a la puerta del hotel que lleva el nombre de lo que nos espera detrás: La Kasbah. Aparcamos en su puerta haciendo un cuadrilátero para refugiarnos en él. Hace fresco pues estamos a bastante altitud, tanto como a más de 1200 m. No es la climatología lo suficientemente apacible como para salir a sentarnos en las mesas junto a las autos, como en la vez anterior. Por unas u otras razones nos quedamos en la nuestra, y nos acostamos relativamente pronto, con intención de poder visitar la ciudad vieja al día siguiente.

Jueves, 8 de abril de 2004

Como hay que ganarle tiempo al día, Víctor, como ya hiciera en Asilah, se levantó casi de madrugada, y emulando un poco a lo que ya hiciera yo en el 2002, se acercó hasta la ciudad vieja, y aunque estaba cerrada para el rodaje de una película, al no haber personal del mundo del celuloide, acompañado por un militar tuvo ocasión de visitarla y callejear por la misma.
Algunas horas más tarde nos disponíamos los demás a hacer lo propio, pero nos avisaron de la imposibilidad. Así todo descendimos hasta el río, y Mercedes trató de utilizar su influencia artística para que se nos permitiera el paso. Me temo que los marroquíes no entienden de derechos, de gremios artísticos, o de lo que se nos antoje. No nos dejaron cruzar el río, y media vuelta.
Pero a pesar de todo, la imagen es suficiente. Desde la otra orilla se ve algo, que hace imaginar cómo será por dentro. No es suficiente, pero quita un poco la pena de haber llegado hasta allí e irnos con las ganas.
Una vez en las autos volvemos hacia el cruce, y nos detenemos frente a la casa del artista que allí vive. (No sé transcribir el nombre “Ijai” o algo similar). Entramos a curiosear su vivienda, y adquirimos varias piedras en las que labra unos bajorrelieves de pueblos de la zona.
Varios niños se acercaron a pedir cosas, y allí se montó un mercadillo como pocos. Ropa que no se había dejado en Hasi Labbiab, así como material de escritorio y oficina, también fue repartido. Unas jóvenes que se habían acercado con sus bebés a cuestas, también se llevaron algún obsequio. Sólo con verles el aspecto, no queda más remedio que surtirles y equiparles con algo, que siempre será mejor que lo que lleven puesto.
Del grupo se habían adelantado Ángel, Antonio, Toni y Manué. Los rezagados salimos al cruce, y avanzamos hacia la otra Kasbah, la de Telouèt. A pocos kilómetros encontramos una gasolinera de la que partían nuestros amigos, con los depósitos llenos. Manué nos avisa que podemos coger agua de dos grifos, y vaciar las residuales. Una vez con el diesel a tope, a través de las emisoras nos indican que tomemos el cruce hacia la izquierda, en dirección Tazenakht.
(Enlaza aquí con el relato de Toni de Ros)
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A la salida de la gasolinera un hombre de edad hace autoestop. Me detengo con intención de recogerle, pero mis acompañantes temen por nuestra seguridad. Sé que la próxima ciudad está a más de 64 km. No le recogemos. La carretera nos lleva por un paisaje bastante inhóspito, apenas se ven seres vivos. Me atrevería a decir que parece más estar en el interior del cráter de un volcán que en algún lugar habitable. Los materiales que componen el suelo, la paupérrima vegetación, las montañas que circundan nuestro deambular hacia las estribaciones del Atlas parecen que nos lleven hasta el mismísimo infierno. Observamos que los promontorios no son tan elevados como los que hubiéramos encontrado en la zona que habíamos dejado en dirección a Marrakesh.
La puerta de acceso a una nueva provincia me obliga a detenerme y hacer una fotografía. Los demás se anticipan y comienza la subida del pequeño puerto de Tizi-n-Bachkoum. Ascendemos hasta los 1700 m de altitud. Pronto divisamos a lo lejos la ciudad de las alfombras: Tazenakht.
Aparcamos en la plaza. Mientras unos visitan cooperativas de alfombras otros curioseamos por el pueblo y compramos pastas deliciosas. Hacemos cambio en un banco y salimos mejor parados que con el realizado en la agencia de Juan Carlos en España.
Unas tabernas nos servirán de punto de encuentro con el costumbrismo. Pretendemos tomar unas Coca-colas, para prevenirnos de cualquier infusión con aguas locales, pero el olor a cordero asado a la brasa nos despierta el apetito, y tratando de imitar a los autóctonos, pedimos unas raciones con ensalada (tomate asado y cebolla pochada). Debo decir y confesar que estaba exquisito.
A las chicas les pareció bien y pedimos unas raciones más, que por culpa de una galerna que arrastraba gran cantidad de polvo, nos vimos obligados a terminar en las autos, más herméticas.
Cuando reiniciamos el viaje, al volver a salir del pueblo, allí estaba el hombre de edad, que continuaba su viaje hacia Agadir. ¡Pobre!. ¿Cuántos días tardaría?. Creo que había sido Oscar quien le había acercado hasta allí.
Continuamos hacia el oeste, ganando altura, hasta llegar a otro alto a 1650 m. Un poco más adelante subimos al puerto de Tizi-n-Taghatine a 1886 m, punto desde el que ya iremos perdiendo altura hasta el Atlántico. En Taliouine nos detenemos a la puerta de una cooperativa de Azafrán. Nos explican con bastante buena profesionalidad todo el proceso de su recolección, utilidades del mismo, etc. Entre Iñaki y yo compramos una caja de 10 sobres, es decir, 10 gramos.
Hemos hecho pocos kilómetros y ya está cayendo el sol. Nos damos un poco de prisa para poder llegar a dormir a Taroudant, pero el último tramo no deja de sorprendernos. Las llanadas que se extienden a derecha e izquierda de la carretera me obliga a ir repitiendo que parece que hayamos viajado al Serengueti. Y el sol en el ocaso, con las sombras que se marcan sobre el verde del campo, y el cielo rojizo, y aquellos árboles de argán diseminados, dibujan una fotografía que solo la imagen podría ser tan rotunda para hacer comprender la sensación que miles de palabras no podrían hacerlo.
Al llegar a nuestro destino nos dirigimos al Hotel Salam y aparcamos junto a la muralla que lo rodea. El vigilante pasa la noche por la zona, lo que da cierta garantía. Antes de darnos una vueltilla Victor ofrece un exquisito queso en aceite, del que todos damos cuenta. Curioseamos el esplendor del interior del hotel, y aprovechamos la benevolencia climática callejeando y comprando a su vez algunas aceitunas y otros encurtidos.
De vuelta en las autos cenamos con intención de madrugar y aprovechar la mañana.

Viernes, 9 de abril de 2004

Alquilamos unas calesas y damos una vuelta extramuros. Abandonamos los vehículos en la zona del mercado, donde aprovechamos a comprar algunas cosillas. Ya en la medina adquirimos unas babuchas y una chilaba. A mí me cambiaron la negociada al meterla en la bolsa.
De vuelta a las autos partimos en dirección oeste. Al cruzar por la localidad de Oulad-Teîma paso un semáforo en ámbar y un policía me detiene. Después de varias explicaciones conseguimos que sólo se quede en un sobresalto y no tenga trascendencia. ¡OJO!.
Poco a poco nos agrupamos y Salva se pone en cabeza. Nos lleva como saetas. El último tramo es autovía, pero muy peligrosa, excesivo tráfico, y la velocidad con la que circulamos me exige demasiada tensión.
Finalmente llegamos al puerto de Agadir, donde damos cuenta de una exquisita fritada de pescado en el primer restaurante junto al parking. Visitamos el mercado de pescado, donde encontramos muy buen género y arreglado de precio. Junto a él existen como 30 chiringuitos donde preparan pescado a la brasa.
Al terminar la comida nos despedimos de Salud y Oscar. Ellos se van a quedar por las inmediaciones. Los demás continuaremos hacia el norte en dirección de Essaouira.
La noche se va cerniendo y la llegada a la ciudad es ya en total penumbra. Carmen nos dirige a la plaza Moulay el-Hassan, donde hay vigilante las 24 horas del día, pero el parking está abarrotado de coches. Continuamos hacia el interior y pasamos a otra gran plaza. En realidad se podría aparcar en muchos otros sitios, pero es preferible ahí, en cualquiera de las dos, porque la auto queda a vista desde cualquier lugar, en una explanada muy amplia, y también está vigilada.
Damos una vuelta por la medina y observamos un buenísimo ambiente.
De vuelta a las autos, pasamos por una estrecha calle que seguro que nos llevaría a la plaza donde esperan las autos. A pesar de la hora encontramos un artesano en su taller. Hablamos con él, y le compramos varias cosas. Desde luego no volvimos a ver nada igual en los demás talleres que visitamos. El hombre parecía buena persona y no trataba de lucrarse en exceso con la venta.

Sábado, 10 de abril de 2004

Por la mañana decidimos llevarle al artesano un traje que aún no había ido a parar a manos de ningún estraperlista. Al pasar por la puerta de su taller, como él nos había dicho la víspera, las mañanas las pasaba en el mercado, para hacer terapia, estaba cerrado.
Deambulamos por las calles y por la parte de la fortaleza donde se ubican los artesanos y tiendas para turistas. A medida que vamos viendo cosas, vamos comprando pequeños recuerdos y regalos para amigos y familiares.
Como a pesar de que la ciudad es de un tamaño mediano, no es difícil encontrarse, pues casi siempre se visitan las céntricas calles de la medina. Y en uno de estos encuentros, Carmen que volvía del puerto, nos propone ir a comer una parrillada.
Visitamos la lonja, donde había una importante captura de escualos. Comemos unos pescados asados a la brasa, y posteriormente Salva invita a todos a un hermoso vaso de zumo de naranja exprimido en presencia nuestra. ¡Natural!.
Al concluir la comida aparecieron Salud y Oscar, que regresaban hacia el norte después de haber cambiado de parecer sobre su intención de quedarse en Agadir.
Pasamos por una pastelería que había en una esquina de la plaza Mulay el-Hassan, y continuamos en dirección del parking. Se marchan todos menos nosotros. Nos da un poco de pena, pero no miedo. Es el momento de la despedida. No sabemos cuándo volveremos a reencontrarnos todos, aunque al menos tenemos la esperanza de coincidir con los de la cornisa cantábrica.
Retrocedemos hacia la medina y dedicamos la tarde a deambular y charlar con los artesanos. Encontramos a nuestro amigo vendedor de la noche anterior. La chaqueta del traje le queda perfecta. Nos pide que volvamos más tarde, que nos va a hacer un regalo. Me niego en rotundo, pues no le dábamos el traje para que lo cambiase por algo.
Por la noche, tarde, pasamos por su puerta, ya de regreso a nuestro hogar ambulante, y nos alegramos de que su taller estuviese cerrado.
El parking estuvo tranquilo toda la noche.

Domingo, 11 de abril de 2004

Queremos hacer la última visita al taller o boutic de la plata. Por el camino trazamos una de las singladuras más estrambóticas posibles. Rodeamos la ciudad extramuros en dirección noroeste, y cuando tocamos mar, vamos bordeando la muralla, entre derrumbes, callejones, basura, etc (me recordaba bastante a La Habana), hasta llegar a la Skala de la Kasba donde en lo que fueran los antiguos depósitos de municiones se cobijan varios talleres de artesanos de tuya, y algún que otro revendedor de plata.
Volviendo por una de las arterias principales encontramos a unos niños vendiendo cangrejos de mar cocidos a 1 ó 2 dirhams. Aprovechamos la ocasión para pillar una pequeña diarrea.
Una vez en la auto, tomamos rumbo a Safi. Al salir de la ciudad, en el cruce de la carretera que nos llevará por la costa vemos varias personas esperando a algún vehículo. Recogemos a un matrimonio de ancianos.
June les ofrece bebida fresca y almendras. Se les ve muy contentos y agradecidos.
Al llegar a la altura de Moulay-Bouzerktoun, nos despedimos de nuestros invitados, pero cuando veo que desde la carretera general hasta su aldea dista más de un kilómetro por aquella pista polvorienta, desprotegida del tórrido sol, decido que no se bajen y les llevamos hasta allí, en dirección oeste, hasta la costa.
La verdad que el lugar bien hubiera merecido quedarnos a comer, divisando el mar, pero pronto vimos unos chiquillos que se dirigían hacia nuestro vehículo, y no pretendiendo parecer que esperábamos algo del matrimonio anciano, volvimos hacia la carretera general.
Cerca de Dar-Caid-Hadji, nos detenemos a la orilla de la carretera para comer. Desde nuestro observatorio pudimos ver un hombre arando con la ayuda de un pollino. Otros faenaban en una huerta próxima, etc.
Una niña camina por el arcén en dirección sur, hacia nuestra auto. Bego prepara una bolsa con unas cosas. Al pasar a nuestra altura se la damos, y observo por el retrovisor cómo continúa caminando sin abrirla y sin curiosear lo que hubiese en su interior.
Reemprendemos la marcha. No nos faltan demasiados kilómetros para llegar a Safi, y deberíamos aprovisionarnos de agua, En una gasolinera en Kemis-Oulad-el-Hadj, consulto con el operario y me facilita el servicio. La fuente no mana ni una gota. El hombre comenta que debe poner en marcha el motor o la motobomba. Una vez rellenado el depósito le pregunto a ver si le debo pagar algo. Me responde que nada, que es gratuito. En ese caso le ofrezco una chamarra, como regalo de mi mujer para él. Nosotros agradecidos, él agradecido, todo el mundo contento.
Por el camino los acantilados y el paisaje junto al mar nos detienen a hacer alguna foto. Llegamos a Safi cuando ya comienza a oscurecer.
La primera intuición es dirigirnos hacia la costa. Sólo encontramos un basurero. Continuamos hacia el interior de la ciudad, nos desviamos de la arteria principal y nos metemos en uno de los accesos a la medina. Retrocedemos como podemos y tomamos la carretera del camping. Éste se encuentra lejísimos, en lo alto de una colina, oscuro. No nos convence y descendemos hacia el puerto. Nos metemos de lleno en un extrarradio a las afueras del puerto comercial, en la zona norte. Retrocedemos hacia el sur, y volvemos hacia la medina. Un parking, nos lo pasamos, doy la vuelta en la misma calle. Era de dirección única. Un transeúnte nos indica que no, que es dirección prohibida. ¡PUF!
Se acerca y nos pregunta a ver qué queremos hacer. Le explicamos que queríamos ir al parking que habíamos dejado atrás. Se ofrece para colocarse delante de la auto e ir desviando los coches. Decido ir suave y lentamente, a pesar de la curva que dificulta la visibilidad. En el último momento cruzo la calzada y entro en el primer parking que estaba más cerca. Es en cuesta, incómodo para dormir. Hablo con el vigilante y observo que es muy pendiente y pasa bastante tráfico.
El transeúnte anterior se acerca y pregunta y habla también con el vigilante. Nos indica que en otra calle hay un parking más liso. Nos dice por dónde debemos ir, pero tememos perdernos o no encontrarlo. Le sugiero que se monte y nos lo indique. Accede y llegamos al sitio. No es muy bueno, pero al menos está cerca de la policía. Lo que es propiamente aparcamiento no me gusta, ya que si al día siguiente aparcan coches no podré sacar la auto . Decido colocarla en la calzada, en una cuesta de poco desnivel. Calzo las ruedas traseras y la cosa queda bastante decente. Enfrente tenemos unos baños.
Salimos a dar una vuelta, y el transeúnte se ofrece a acompañarnos. Es un individuo un tanto peculiar, lleva el pelo largo y con rastas, cosa inusual en Maroc. Habla inglés, francés, árabe, pero no castellano. Bego y June se entienden bastante bien con él, yo no tanto, ya que mi francés es muy incipiente, y no da para largas explicaciones.
Bajamos hasta la medina, están cerrando todo. Caminamos en dirección norte-sur, y observamos que la vida se recoge, que todo queda en calma, que está llegando la hora del descanso. Nos acompaña hasta la auto, y Bego le ofrece una botella de JB que estaba mediada. Nos propone que si al día siguiente seguimos por Safi, que podría acompañarnos a visitar la zona de hornos y fábricas de alfarería. Accedemos y quedamos para las 10 de la mañana.

Lunes, 12 de abril de 2004

Cuando abrimos la puerta de la auto, allí estaba esperando el muchacho del día anterior. Se le veía bien vestido, como tratando de agradar. Bien perfumado, interesante. Es de entender, él tenía una buena oportunidad para mostrar sus peculiaridades, ya que a su edad, con 22 años, tener enfrente una chavala de 17 años es más que razón para tratar de aparentar que no se es tan alejado del mundo del que ella procede. Habla de que hace surf, pero no tiene tabla, se la dejan algunos amigos extranjeros que van a Maroc a practicar dicho deporte. Conoce a los hermanos Acero, de Getxo, surfistas de renombre internacional.
Dice que toca en un grupo de música Jambi en Essaouira, por lo que lleva rastas. Habla inglés que no ha aprendido en ninguna escuela, sino en la playa, con los turistas. Y ahora a la hora de redactar esta recapitulación de nuestro viaje, leo en la guía del Trotamundos, cómo “el clima de ciudad artística que reina en Essaouira ha incitado a numerosos artistas extranjeros a instalarse aquí provisional o definitivamente. Pintores, escritores, cineastas y músicos se aprovechan de “la musa suplementaria” que planea sobre la población. …Jimmi Hendryx, en los años 60, atrajo a una parte de la comunidad hippie. ….En un aspecto diferente , el lugar es motivo de atracción para muchos surfistas que aprovechan su magnífica playa barrida por vientos violentos, difíciles de soportar entre abril y septiembre”.
Acaso confluyan en nuestro amigo ambas dos tendencias, la de la moda musical herencia de la traída por el mítico Hendryx y sus rastas, y la modernidad de los surferos europeos que invernan en Maroc. Y si todo ello añadimos que su padre es conductor de autobuses entre Safi y la ciudad citada, motivo para ir de una a otra sin grandes desembolsos.
Paseamos por la ciudad, nos muestra los hornos y talleres de alfarería, visitamos tiendas de dicha producción, y nos recomienda dónde no comprar, por su elevado precio, y dónde sí comprar, que es donde ellos lo hacen para su uso doméstico.
Y poco a poco vemos cómo la ciudad se convierte en un hervidero de gente que va y viene, con bolsas, compras, accesorios, etc. Observamos que hay pocos niños por la calle. Hoy ya no es día de vacación, los niños han ido al colegio.
Durante la mañana recibe varias llamadas de teléfono, y nos explica que es su madre, que desea que vayamos a comer a su casa, que nos invita. Tratamos de eludir dicho convite, pero ya cuando son cerca de las dos de la tarde, recibe una nueva llamada, que se la pasa a June. Se trata de su mamá, que no hace otra cosa que insistir en que vayamos. Finalmente accedemos.
Tras averiguar cuántos hermanos tiene y de qué edades, Bego prepara una bolsa con ropas lo más aproximadas a las de la información recibida, y yo encuentro una botella de Rioja reserva que pululaba por la auto. Con todo ello nos dirigimos a la parte alta de la ciudad, no sin la angustia de saber que nos meteremos en la casa de una familia con la que no nos une nada, ni idioma, ni cultura, ni amistad. Es un mal trago, pero que por educación estamos aceptando.
Cuando llegamos a la casa, la sencillez rezuma por todos los rincones. Un recibidor amplio a modo de sala, sin otro mueble que un diván que ocupa todas las paredes de la estancia. En el suelo una rafia a modo de alfombra. Dando paso a otra estancia similar, el arco de una puerta y una ventana, ambas dos sin elementos móviles, es decir, sin puertas ni ventanas, aunque sí una televisión en el alféizar de la ventana. Nos hacen pasar al segundo aposento, que similar al anterior, está rodeado de divanes. Una mesa baja y redonda en la zona más próxima a la ventana de la calle, es el único mueble del cuarto. Otra gran rafia cubre todo el suelo. Pasamos despreocupados, y cuando estamos sentados nos percatamos que ellos se descalzan para pasar al interior. Siempre que salen se calzan, y siempre que entran se descalzan. Razón por la que se debe llevar calzado cómodo y fácil de despojar.
En la casa había varias mujeres: la abuela, una tía, la madre. Por la sala corría un niño pequeño de unos tres años, otro de unos doce. El resto debían estar en el colegio. El padre estaba trabajando. La televisión encendida, ambientaba la casa.
Una vez en el salón nos ofrecieron té y unas pastas. Posteriormente la señora sacó una gran fuente con tajim de verduras y pollo, con más té. Alrededor de la mesa sólo estábamos los cinco. Poco a poco fuimos comiendo y charlando. Nuestro amigo Munier trajo un gran radiocassette, donde puso música de la que toca con su grupo. También en otra cinta había una grabación en la se podía oír a su madre cantando, ya que según comentó solía cantar y bailar en bodas.
Cuando la comida se daba por concluida apareció un primo del muchacho, un semiintelectual, que hablaba bien y tenía ideas de muchos temas. Mediada la tarde, la madre indicó a uno de los chavales que fuese a comprar una oblea de pasta que luego acompañaríamos con más té.
La madre se llevó a June con ella y la trajo vestida con una chilaba o túnica, (no sé diferenciarlas). Luego pasaron las tres a un dormitorio, donde dormían otros niños, y de un armario ropero sacó una segunda chilaba con la que vistió a Bego. Ambas dos ataviadas con sendas vestiduras salieron al salón, donde tras hacer bromas y alguna que otra sonrisa maliciosa, retratamos junto con la señora de la casa.
Durante todo el tiempo en que permanecimos en el interior de la vivienda, ella vestía unos pantalones de lana a modo de leotardos, pero sin pies. Cuando tocó la despedida y salimos a la calle para marcharnos, ella se vistió una bata que la cubría entera.
Unos besos y abrazos, sin distinción de sexo ni de mitos. Descendemos a la parte de la medina donde nos aprovisionamos de sémola, regaliz de palo, un par de playeras, naranjas y alguna que otra cosa.
Poco a poco vamos a tocar el final de esta experiencia en Safi. Los muchachos nos acompañan hasta la auto, donde toman alguna cerveza fresca, al igual que la noche anterior. Salimos de la ciudad en dirección norte, y deteniéndonos en una parada de autobús, nos damos los abrazos de despedida.
Ya había oscurecido. Pero el objetivo fundamental era salir de allí para eludir el compromiso en el que les implicábamos. Unos pocos kilómetros por una carretera muy oscura, y ante la tenebrosa incertidumbre decidimos detenernos en Oualidia. Desconocemos el pueblo, y en vista de que donde nos hemos detenido no hay demasiado tráfico, decidimos quedarnos a dormir.
No acertamos de pleno. Estábamos junto a la Mezquita.

Martes, 13 de abril de 2004
A las cuatro de la mañana y durante un cuarto de hora, el megáfono del campanario nos recita toda la oración de maitines.
A las 10 de la mañana, cuando nos despertamos vemos que el pueblo es tranquilo. Desayunamos plácidamente y observo que unos cientos de metros más adelante, de la parte izquierda de la carretera salen autocaravanas. ¡Seguro que habrá algún lugar mejor al que nosotros hemos elegido para aparcar!
Arrancamos con intención de curiosear, y efectivamente. Descendemos como 50 metros de altitud y no más de medio kilómetro, encontramos una ría con su playa, chalets, aparcamientos, y sitios donde pasear. ¡Y varias autocaravanas!. Algunos pescadores traen centollos que pretenden asarlos a la brasa y vendérnoslos. No compramos nada, ni nos interesamos por el precio. Damos un paseo, anotando el lugar como destino para otro posible viaje.
Salimos a la carretera y hacemos unos kilómetros en dirección El-Jadida. June se está poniendo pesada y se cansa de deambular por Maroc. Decidimos regresar a España. Pero quedan muchos kilómetros, así que reemprendemos el viaje sin prisa pero sin pausa. La carretera de la costa es bastante entretenida, pero muy lenta. Existen muchas explotaciones agropecuarias y mucho camioncito, tractores, pollinos, bicicleteros, viandantes, etc, etc. Además que no está muy bien asfaltada, lo que ralentiza el viaje.
A la izquierda de la carretera encontramos una explanada y paramos a comer. No habíamos visto ni un solo sitio donde parar. El paisaje está muy saturado de campos de labor y casas.
Ya en marcha, al llegar a la ciudad hacia la que hemos marcado la ruta, El-Jadida, tomamos la carretera P-8 en dirección Casablanca. Ahora vamos algo más rápidos.
En este tramo nos sorprende que caminen por el arcén cientos de muchachos y muchachas con camisa blanca y pantalones de tergal. Salen de un colegio, pero no observamos ninguna ciudad en las proximidades, y sin embargo ellos van a pie. ¿Cuántos kilómetros?. Me supongo que la Asociación de Madres y Padres de Alumnos del Centro no habrán realizado la pertinente queja. ¡Sus pobres niños/as caminando!
Llegando a Casablanca intuyo que antes de entrar en el cinturón de la ciudad, habrá una entrada a la autopista, por lo que en una gasolinera nos aprovisionamos de agua y diesel. Efectivamente, entramos en la autopista sin tocar la ciudad. Prácticamente solos, a buena marcha, vamos aprovechando la luz solar.
Paramos en una gasolinera a descansar. Solicitamos a uno de los muchachos que ejercen el suministro que nos limpie el cristal delantero, pues el polvo del desierto y unas gotas que han caído nos lo han embarrado. El muchacho se esmera sobremanera. El precio por el trabajo: ¡Nada!. Le regalamos una lata de Coca-cola y 5 Dh. Corre hasta donde sus compañeros a mostrar su botín.
En la parte posterior de la gasolinera, frente a una oficina de la policía nos detenemos un rato. Nos sugieren cómo aparcar para dormir, si pretendemos hacerlo allí. Sería con intención de custodiarnos.
Salimos del lugar y hacemos todos los kilómetros que nos quedan hasta Rabat. La autopista se acaba. Hay retenciones, ha llovido. Cuando llegamos al punto donde hay varios coches accidentados comprendemos la razón. Unos metros más y otro golpe. ¡No están muy acostumbrados a la lluvia!
Circulamos unos kilómetros por una autovía infernal. Muchísima agua en la calzada, baches, charcos o balsas, poca iluminación, los coches de un lado para otro, muchos cruces. Nuestra tranquilidad vuelve a reinar al entrar en la autopista. En la primera área de servicio paramos a cenar y a dormir.

Miércoles, 14 de abril de 2004

Por la mañana el canto de los jilgueros nos despierta. El lugar, frondoso y verde es precioso. No parece un área de autopista, más semeja un parque de picnic sin mesas.
Desayunamos tratando de disfrutar de la parsimonia y del relajo que produce el paraje. Retomamos la autopista y vamos disfrutando de los viandantes, las cabras en la mediana, los que saltan la valla para saludarnos, y de todos cuantos utilizan la autopista para poner un poco más de tipismo y peligro a la conducción.
Llegamos a Asilah, hasta donde han construido la autopista, y a la derecha de la carretera hay un individuo vendiendo naranjas y fresas. Adquirimos varios kilos de cada. Sabemos que las fresas marroquíes no se estropean de un día para otro.
Al llegar a Tánger paramos en el Supermercado Marjane Tanger. Un gran letrero indica que rebajan el precio del gasoil en 7 centimos. En ese momento quedaría como a 5’72 Dh el litro. Casi a 0’55€. Con este cálculo considero que no merece la pena cargar en España antes de pasar.
Pasamos al supermercado y compramos cosillas, pero fundamentalmente comparamos precios. Debo decir que es más barato que en las medinas. Que después de haber regateado por unas babuchas, cuando crees que las has comprado bien, si pasas por el Supermercado, las encuentras más baratas. Y así sucede con los encurtidos, con los frutos secos, con casi todo.
Con la compra ordenada, continuamos viaje en dirección al puerto de Tánger. El papeleo se demora y al final perdemos el barco. Menos mal que vemos que un par de vehículos que no habían entrado, lo que significaría que a pesar de haber pasado antes, tampoco hubiéramos cabido en el barco.
Mientras esperamos, comemos. Van llegando vehículos y más vehículos. Los van colocando detrás del nuestro. Y se hace una segunda fila, y una tercera.
Finalmente llega el barco, y tras la salida de los provenientes de la península, comienza la entrada de los que pacientemente esperábamos. Y entran los de la tercera o cuarta fila. Y el barco se empieza a llenar. Por un momento me entra cierta angustia, y presiento que no habrá sitio para todos y que nos quedaremos en tierra.
El conductor del vehículo que nos precede intuyo que imagina lo mismo, trata de avanzar, pero los que circulan por el exterior se lo impiden. Avanza algo más y yo trato de hacer lo mismo, abriendo nuestra trayectoria con intención de interrumpir el tráfico de los que van a entrar antes que nosotros. Begoña se baja de la auto y pretende cortar el paso de los de las filas paralelas, poco a poco salimos de aquella ratonera y consigo abrirme un hueco.
Alguien me pide los tickets, los muestro y quien se ha dirigido a mí se ríe. Me dice que con el precio de aquel billete que no puedo viajar. Le indico que somos parte de un grupo, del que todos los demás ya han pasado a la península, y que ese precio corresponde a una bonificación. Le muestro la documentación de la agencia y le indico que puede llamar a ella. Él no hace más que decir que no podremos pasar, y se aleja con el billete en la mano. Habla con el capitán y algún que otro tripulante del barco, y me indican que debo esperar a un lado del paso, ya que van a tratar de meter los coches pequeños y nosotros llevaremos el vehículo en la plataforma exterior o sobre la rampa. Un autobús permanece apostado en la misma zona en la que me han indicado que estacione. Temo que tenga prioridad sobre nosotros.
Finalmente entramos marcha atrás. Todavía quedan una furgoneta llena de electrodomésticos, un camión de aventura, un autobús y motos. Con la ayuda de algún estibador que metía la mano por la ventanilla para tratar de maniobrar, y que lo único que conseguía era ponerme más nervioso, ya que él no controlaba el ángulo derecho de la auto, consigo que vaya hacia donde pretendemos, al interior de la bodega.
Y por fin vemos cómo el puerto va quedando atrás y a pesar de la pésima mar, la lancha vuela hacia Tarifa. Y si digo volar es porque en algunos momentos quedaba en el aire, y su caída era brutal. El estómago quedaba a la altura de la boca, y la cabeza comenzaba a perder su serenidad y su verticalidad.
Casi 50’ después atracábamos en Tarifa. La Guardia Civil tuvo con nosotros un trato exquisito, o cuando menos el señor que pidió permiso para acceder al interior del vehículo. En su posterior conversación con nosotros se disculpó por no poder darnos continuidad en el paso, ya que el furgón que había hecho la travesía junto a nosotros no podía reanudar su marcha, y obstaculizaba nuestro acceso al exterior de las instalaciones portuarias.
Dedicamos un rato a pasear por Tarifa a pesar del fuerte viento que reinaba. Supusimos el ambiente que tiene que haber durante el día, y curioseamos sus callejuelas iluminadas, sus coquetas plazas, sus rincones frente al puerto.
Salimos de la ciudad en dirección a Algeciras. Llegando a la misma nos detiene la Guardia Civil. Una vez en el arcén nos indican que continuemos la marcha. Tomamos la autopista y paramos a descansar en Arroyo La Miel, junto a Benalmádena.

Jueves, 15 de abril de 2004

No madrugamos demasiado. Pretendemos viajar suavemente y con seguridad, ante todo. Al mediodía paramos a comer no muy alejados de Valdepeñas. Por la tarde, llegando a Madrid le propongo a Bego pasar a visitar a Manué.
Le llamamos por teléfono, le damos nuestra posición, y tomamos la carretera que nos indica en dirección a Alcalá.
Alguna que otra pequeña confusión, (por no llevar el GPS encendido), nos demoran el trayecto, pero llegamos como para las 8 de la tarde. Charlamos, cenamos y pagamos la deuda contraída antes de comenzar el viaje.

Viernes, 16 de abril de 2004

Por la mañana, después de desayunar, declinando la invitación de hacerlo con ellos, nos despedimos y partimos hacia el norte. Como siempre, nos volvemos a perder por Alcalá, y nos cuesta un triunfo tomar la carretera de Daganzo. Una vez en la N-I partimos hacia Euskadi, donde llegaremos al atardecer después de haber comido en el área de Briviesca.
Dos semanas de muchas vivencias y muchas experiencias. Dos semanas de solidaridad y vacaciones. Dos semanas de compartir con amigos, y hacer otros nuevos. Dos semanas de recorrer kilómetros y kilómetros, bajo la atenta protección de los astros. Dos semanas que espero que no sean las últimas.
Cuando estábamos en Maroc, en algún momento pronuncié aquello de “el año que viene…”, y Begoña me decía que no adelantara nada, ya que todavía no sabemos qué haremos el próximo año. Y ahora en este momento no me encuentro con ánimos ni fuerzas para decir que repetiré, pero una cosa sí ha quedado grabada en mi subconsciente, y es que cada vez que veo ropa que se va a tirar, me gustaría guardarla para poder llevársela a alguien. Y sólo por ese gesto, creo que merecería la pena regresar.
Cuando terminé de escribir uno de nuestros anteriores viajes a esa maravillosa tierra marroquí, escribí en su última página la primera frase con la que comienza El Corán, y que no es mal principio ni mal final:
EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE, EL MISERICORDIOSO.
Iñaki Calvo
En Portugalete, a 4 de julio de 2004, con el sueño y la esperanza de que alguien siga mis pasos, no sólo para hacer turismo o aventura, sino por SOLIDARIDAD.

Jueves, 9 de abril de 2004 (por Toni de Ros)

En esta gasolinera se produce un inesperado cisma: por lo visto la noche anterior algunos componentes del grupo acordaron un cambio de planes para dirigirse hacia la costa, olvidándose luego de comunicarlo a los no presentes. El caso es que Manué, Antonio, Àngel y nosotros salimos en dirección a Marrakech mientras el resto, un poco más tarde, lo hicieron hacia Agadir. Por teléfono Iñaki me lo comunica, pero nosotros tenemos en mente la ilusión de visitar la Marrakech soñada y decidimos seguir con el plan inicial. Nos queda un extraño regusto por una despedida extraña e inesperada, pero hay que seguir disfrutando del viaje. Quedamos pues Manué y Mª José con Borja, Antonio y Mila con sus hijos, Àngel y Adelina con Marta, Manel y Mercè y Carme, Joan, Miquel y un servidor. En total cuatro autocaravanas.
Pocos Km. más adelante encontramos el desvío hacia Teluèt. La carretera es estrecha, con un sinfín de curvas y desniveles y se hace muy pesada, pero el pueblo, el mercado (sin turistas) y la fastuosa alcazaba de Telouet compensan con creces. Aparcamos en la plaza del pueblo y nos dirigimos a pie a visitar la alcazaba. Un guía nos conduce por los mejores sitios para acceder con la silla de ruedas, luego un vigilante nos acompaña en el recorrido por el edificio, al mismo tiempo fortaleza, palacio y caravasar. Visitamos algunos aposentos realmente bellísimos, con unos preciosos estucos en las paredes, techos de madera trabajada y suelos de azulejos. Las ventanas enrejadas dejan ver los dominios del Glaui. Desde la terraza se divisa una bella vista y se puede apreciar la grandeza decadente de la construcción, coronada por innumerables nidos de cigüeñas.
Regresamos a las autos para comer y desandar el camino por la infame carretera hasta llegar de nuevo a la vía principal que nos llevará a Marrakech cruzando el puerto de Tizi-n Tichka, a 2.260 m de altitud. Nos detenemos para admirar el paisaje pero no podemos disfrutar del mismo por la insistencia agobiante de los vendedores de recuerdos y fósiles. Un anciano me pide ropa, cerveza, zapatos… a todo le tengo que decir que no pues ya he soltado todo lo que llevaba, hasta que con voz queda me pide si tengo “Aspirinne”. Si, llevo varios tubos de Aspirina efervescente por estrenar comprados hace poco en Andorra. Le doy uno e insiste en darme algo a cambio. Como le digo que no, que es un regalo, me agarra de la mano y casi a rastras me conduce a su chabola, allí escoge una pequeña geoda, la envuelve en un periódico y me la entrega sin dejarme rechistar.
Llegamos a Marrakech ya anochecido, y después de tantos días de desierto y de aldeas nos damos de bruces con el bullicio de la gran ciudad. Nos hacemos guiar hasta el parking que hay junto a la Kutubia, donde sabemos que se puede pernoctar, pero está absolutamente abarrotado y, a pesar de que nos hacen meternos hasta el fondo nos negamos a quedarnos impidiendo la salida de otras autocaravanas allí estacionadas. La salida, entre los cientos de coches aparcados, es casi dramática. El muchacho que nos ha conducido hasta allí dice que conoce otro sitio para aparcar y pasar la noche, y nos dejamos guiar. Efectivamente, junto a la muralla, donde guardan las calesas que transportan turistas, encontramos espacio para dejar las cuatro autos bien aparcadas. Negociamos el precio con el vigilante y nos vamos a visitar la famosa plaza de Jemaa el Fna.
Desde donde hemos aparcado tenemos un buen trecho, alrededor de ½ hora andando. Cuando llegamos nos damos de bruces con un espectáculo alucinante: la plaza es enorme, eso ya lo sabíamos por las guías, pero está atiborrada de actividad y de gente. A lo largo de dos de sus lados se suceden los puestos de frutos secos y de zumo de naranja recién exprimido. Los vendedores tratan por todos los medios de llamar la atención de los paseantes para que compren sus productos, pero como los precios son fijos e iguales para todos los puestos sólo pueden hacerlo alardeando de imaginación y atenciones hacia los hipotéticos clientes. Al paso te enseñan la bondad y calidad de sus frutos secos, te dan a probar lo que quieras y es casi imposible sustraerse a la tentación de comprar variado y en cantidad. Pero merece la pena, pistachos, almendras, dátiles, orejones… son grandes y deliciosos. Y el zumo de naranja… un gran vaso 2 dh, te lo ofrecen y no te puedes negar, está fresco y buenísimo. Como somos varios nos sirve zumo para todos sin pedirlo, y cuando hemos pagado añade un par de vasos de propina. Antes de irnos nos muestra una pizarrita donde figura su número de puesto “para mañana”, para que nos acordemos de donde hay que tomar un buen zumo. Son los mejores vendedores del mundo.
En el centro de la plaza se elevan grandes nubes de humo que resaltan a la luz de las lámparas de gas. Son multitud de cocinas de leña y carbón donde se cuecen sabrosas viandas, principalmente carnes a la brasa y frituras de pescado. La algarabía es fascinante, en todas partes te piden que te sientes a comer. Las mesas son estrechos tablones con bancos a ambos lados y enseguida empiezan a servirte comida. Hay que decirles que paren pues no cesan de sacarte raciones y más raciones, aunque luego el precio no nos asustó en absoluto. Es una experiencia tanto para el paladar como para el resto de los sentidos.
Pero no todo son puestos de comestibles; la mayor parte de la plaza está ocupada por grupos de música, pintoras de henna, bailarines… las músicas se mezclan entre si y con los gritos de los vendedores y hace de todo el conjunto un magnífico espectáculo.
A una hora prudencial nos retiramos a descansar, ha sido un largo día y Manué, Antonio y sus familias respectivas parten mañana por la mañana para ver algo de la costa antes de embarcar un día antes. Lo sabíamos desde la preparación del viaje, como también sabíamos que sentiríamos una profunda pena al separarnos.

Viernes, 9 de abril de 2004 (por Toni de Ros)

Nos levantamos a hora temprana para despedirnos de nuestros amigos. Han sido unos magníficos compañeros de viaje y Manué el mejor organizador y guía que pudiéramos desear. Nos abrazamos con emoción y pesar, en aquel momento no sabíamos que a los pocos meses volveríamos a encontrarnos por casualidad…¡en Estambul!
Cuando ya estamos preparados para la visita a la ciudad se nos ofrece un guía espontáneo que nos causa buena impresión. Habla un castellano más que correcto y nos propone enseñarnos lo más interesante por 6 € hasta las 5 de la tarde. Aceptamos y acertamos, Abdul conoce bien la ciudad y nos conduce a través de barrios que no suele visitar el turista. Guiados por él entramos en un horno de pan donde cuecen el pan de todo el barrio, también donde lo amasan, en casa de un sastre que cose un traje en la calle y nos muestra sus vestidos de novia, nos enseña los baños de hombres y los de mujeres, y nos explica particularidades del Islam y costumbres de las ciudades imperiales y de los pueblos del campo. Resulta tan interesante lo que nos enseña como lo que nos cuenta, estamos hablando con un joven ciudadano de Marrakech que ha intentado pasar a Europa 5 veces en pateras y que sobrevive haciendo de guía turístico no oficial. Pero también nos cuenta su particular punto de vista sobre las chicas y las mujeres en general, opiniones que obviamente no podemos compartir. Como tampoco podemos aprobar que no puede ahorrar puesto que se gasta todo lo que gana en bebida, discotecas y a salir con chicas, y que sus amigos le llaman “Abdul el gandul” por lo poco que le gusta trabajar. Pero con nosotros cumple con creces, y es evidente que es un chico despierto y capaz que ha aprendido el castellano viendo Tele 5 con la parabólica y que es capaz de entenderse en 7 idiomas. El sabe que si consigue llegar a Mallorca encontrará trabajo sin dificultad en la hostelería.
A través del barrio viejo nos conduce hasta la antigua Madrasa ben Youssef, restaurada en 1960 para ser visitada. Nos deja en la puerta y nos indica que hay que comprar los billetes y el nos espera fuera. No puede entrar, seguro que los guías oficiales le buscarían problemas. Una vez dentro nos acoge una especie de monje que nos acompaña en toda la visita y nos muestra las diferentes salas, las habitaciones de los alumnos (los pobres y los acaudalados), y de los profesores, algunas con unas vistas espectaculares, otras más modestas que dan a pequeños patios interiores pero todas de una sobriedad sobrecogedora que contrasta con la riqueza de la ornamentación. Los estucos, azulejos, mosaicos, mármoles, maderas talladas, bronces esculpidos son auténticas maravillas que dan una ligera idea de la importancia que llegó a tener la mayor escuela coránica del Magreb. Nuestro guía no sólo nos muestra maravillas arquitectónicas sino que también nos instruye en las fórmulas de cortesía árabes, en los pilares fundamentales del Islam y nos enseña a distinguir el nombre de Alá escrito en árabe. Es un hombre mayor, de unos 70 años bien llevados que nos sorprende por su agilidad al mostrarnos el ritual de las abluciones.
A la salida nos espera pacientemente Abdul que seguidamente nos guía a través de las callejuelas de la Medina. Nos advierte que podemos hacer fotos en todas partes, pero que es conveniente dar unas monedas de propina, de lo contrario se enfadan. Vemos como los caldereros machacan sus cacharros a martillazos para convertirlos en bonitos cuencos de latón, como unos niños fabrican piezas de lámparas de techo con una habilidad pasmosa y como, en definitiva, la vida y el trabajo están a flor de piel, de calle, mezcladas con el polvo y el ruido.
Los guías suelen tener comisiones por llevar a los turistas a comprar a determinados sitios, y Abdul insiste en llevarnos a un almacén mayorista donde podremos encontrar de todo a muy buen precio. La realidad es que se trata de un zoco dentro del zoco donde la mayoría de artículos nos parecen de dudosa calidad y donde no hay la humanidad y el atractivo de los puestos y tiendas de la calle. No compramos nada. A la hora de comer nos conduce a un restaurante pero declina nuestra invitación: hoy es viernes y tiene que comer cous-cous con su madre, pero vendrá a recogernos más tarde. El restaurante es un magnífico palacio reconvertido, comemos en un bonito patio con una fuente y un músico que nos ameniza la sobremesa. La comida no nos parece gran cosa y tampoco es barato, por lo que creo que en otra ocasión será mejor seguir las indicaciones de la guía Michelin. A las 4 de la tarde todavía estamos en la mesa cuando se presenta Abdul, con ropa limpia y recién afeitado, y comparte con nosotros un café mientras nos sigue contando cosas y costumbres de Marruecos. Es evidente que su trabajo va a durar más de lo convenido, pero asegura que no importa, que quedan todavía cosas por ver y él no tiene prisa.
A la salida visitamos una farmacia bereber, por lo visto es una especie de atracción turística local de la que es difícil sustraerse. Allí nos explican las propiedades terapéuticas de un sinfín de hierbas y remedios naturales, algunos bastante eficaces como hemos podido comprobar, otros inútiles. También nos ofrecen un relajante masaje por 20 dh que aceptamos Mercè, Manel, Àngel y yo. Al final compramos un montón de potingues entre las 3 parejas, por lo que deduzco que Abdul se llevaría una considerable comisión. ¡Ah!, ¡aceptan tarjetas de crédito!.
El plato final vuelve a ser la plaza de Jemaa el Fna pero con otro aire al ser de día. En lugar de puestos de comida la plaza está repleta de corrillos donde se cuentan cuentos, se representan obras de teatro, se encantan serpientes o se predice el futuro, siempre con la música, las danzas y el bullicio como presencia total. Abdul nos facilita moneda pequeña para poder dejar propinas y nos advierte que esta plaza es el único punto de Marrakech donde podemos ser objetos de algún robo, por lo que conviene mantener bolsos y carteras protegidos. Pero también nos dice que son descuideros y carteristas, nunca navajeros y que con un mínimo de precaución no debemos preocuparnos. Fuera de la plaza no hay ningún peligro. Y allí terminan sus servicios, ha sido un guía amable y curioso que nos ha enseñado más de lo que él cree, y por lo que decidimos subirle los honorarios hasta los 10 €. Ya solos nos dedicamos a pasear por la plaza y a disfrutar de los espectáculos, siempre vigilando que no nos pongan una serpiente por collar pues inmediatamente nos exigirían dinero por ello. Asimismo nos pedirán una propina por cualquier foto que hagamos de actores o encantadores, propina que de buen seguro ellos considerarán insuficiente. Intentamos subir a la terraza de alguno de los cafés que dominan la plaza pero están abarrotados, por lo que tras pasear un poco nos retiramos a cenar a nuestras autocaravanas.

Sábado, 10 de abril de 2004 (por Toni de Ros)

Por la mañana temprano, y con la ayuda de los planos de la ciudad que publican las guías, nos dirigimos a visitar las Tumbas Saadíes. A pesar de estar escondidas tras los muros de una mezquita, un estrecho pasadizo señalizado permite el acceso a los no musulmanes sin tener que entrar en el recinto religioso. Una vez en el patio nos encontramos con unas monumentales colas para ver los recintos de las tumbas, desde unos balconcillos por los que asomarse al interior sin que esté permitido entrar. Un poco decepcionante aunque hay que reconocer que la decoración riquísima que ornamenta paredes y techos, las columnas y la suave luz dan una impresión de grandeza y paz que justifica la espera.
Salimos de las tumbas y atravesamos toda la Medina callejeando por zonas donde no vemos prácticamente turistas. Cerca de la plaza de Jemaa el Fna realizamos las últimas compras y tomamos un zumo de naranja antes de abandonar definitivamente una de las ciudades más fascinantes de Marruecos.
Pagamos al vigilante del parking el importe que acordó Manué antes de partir y salimos rumbo a Casablanca por la P7. Es el inicio de un regreso que queremos hacer lo más rápido posible dejando el turismo para otra ocasión. Nuestra intención es alcanzar cuanto antes la autopista, pernoctar en un área de servicio y llegar a Tánger con tiempo de tomar el ferry de las 14 horas; de esta forma el viaje de regreso cruzando toda la Península será algo más repartido y descansado.
Encontramos alguna retención por el camino, pero salvo algún que otro improperio en una gasolinera por no querer repostar si no podíamos cargar agua y vaciar grises y negras, entramos en la autopista sin mayores problemas y rodamos hasta la caída de la noche, algo más al norte de Rabat. En una estación de servicio un vigilante del tamaño de un autobús nos indica donde podemos aparcar para pasar la noche, y cuando salimos de las autos hace sonar unas monedas dentro de sus bolsillos. La indirecta está clara y le soltamos unos dirhams de propina. Con un vigilante de tal envergadura (el angelito enarbola una porra de tamaño acorde con su corpulencia) dormimos como lirones.

Domingo, 11 de abril de 2004 (por Toni de Ros)

Salimos temprano y al abandonar la autopista volvemos a encontrar algunas retenciones, pero alcanzamos Larache y la costa a una hora prudencial y seguimos por Asilah hasta llegar a Tánger. Entramos en el puerto, nos equivocamos de embarcadero y entramos en la estación marítima justo a tiempo antes de cerrar el embarque. Parece que lo hemos conseguido e iniciamos los trámites de sellar pasaportes y demás, pero una vez cruzada la aduana nos encontramos con un monumental atasco de vehículos que pretenden embarcar. La situación es caótica, todos pretenden acceder al muelle al mismo tiempo y los guardias no parecen muy capaces. Las horas pasan y la situación no mejora, pero podemos ver como de algún vehículo de lujo alguien suelta unos billetes a los responsables del embarque. Para acabar de arreglar las cosas varios conjuntos de vehículos todo terreno pretenden colarse argumentando que viajan en grupo, lo cual altera más si cabe los ánimos. Con todo esto alcanzamos a ver cómo unas autocaravanas conocidas entran en el muelle, y como a pesar de haber llegado unas 4 horas más tarde que nosotros pueden situarse un poco por detrás. No cabe duda de que nos están retrasando para hacer entrar a quienes han soltado la pasta, pero el colmo llega cuando, tras las protestas pertinentes nos indican que ya embarcamos y que nos esperemos junto a la rampa puesto que por nuestro tamaño entraremos los últimos. Obedecemos y, efectivamente, cuando ya el ferry parece lleno nos hacen pasar y nos cortan los billetes; Àngel entra y cuando yo voy a hacer lo mismo me hacen esperar un momento para que pueda entrar un todo terreno. Lo malo es que el ferry ya está lleno, y al entrar este vehículo hace imposible que yo pueda entrar a mi vez. La situación es intolerable, el soborno de un señorito ha hecho que me quede en tierra con el billete ya cancelado, increíble. Àngel arma un escándalo e intenta hacer comprender a aquellos inútiles que si entro yo y me coloco correctamente el “recomendado” también podrá entrar, pero está claro que no quieren arriesgarse a que luego no quepa con mi auto ya dentro, por lo que me obligan a apartarme y el barco zarpa con nosotros en tierra. El responsable de todo aquel desaguisado me dice que me calme, que en pocos minutos llega otro barco, pero yo le suelto unos cuantos sapos y culebras para al menos despacharme a gusto.
Embarcamos finalmente a las 9 de la noche, junto con M. Carme y Salva y Víctor y Valva, tras 7 horas de espera en el muelle de Tánger. Todo un record.
Desembarcamos en Tarifa, donde nos esperan Àngel y compañía. Los trámites de la aduana española son rápidos, aunque nos inspeccionan someramente la autocaravana. Los guardias son amables y agradecen nuestra colaboración para facilitarles el trabajo, con lo que nos dejan marchar rápido entre bromas. Entre el retraso para embarcar y el cambio de horario son más de las 11 de la noche, con lo que todas nuestras previsiones se van al traste y nos va a tocar correr la maratón. La carretera de Tarifa hasta Algeciras es tortuosa y el paisaje debe ser muy interesante, pero de noche solo vemos la cinta de la carretera que iluminan nuestros faros. Vamos en pelotón con Tuka y M. Carme, y llegados a Algeciras tomamos la autovía de Málaga para ahorrarnos unos euros de la autopista. ¡Craso error!, la autovía es sensacional pero hay rotondas cada pocos kilómetros, con lo que la conducción es muy pesada y los promedios se penalizan muchísimo. A la primera oportunidad Àngel y yo tomamos la autopista y nos despedimos de nuestros compañeros a través de las emisoras.
Nos quedamos a dormir en una estación de servicio en algún punto entre Málaga y Granada, ya muy avanzada la noche. Ha sido un día agotador y mañana nos espera otro tanto, pero son imponderables de la vida del viajero.

Lunes, 12 de abril de 2004 (por Toni de Ros)

Salimos temprano, no hay más remedio, y decidimos probar la ruta de Madrid libre de peajes. Otro error, es cierto que todo el camino es autovía pero en algunos tramos hay fuertes desniveles, alta intensidad de tráfico y hay diferencia en kilometraje respecto a la ruta de Valencia. El recorrido no da ya mucho más de si salvo el curioso encuentro en ruta con un simpático desconocido a bordo de una MacLouis igualita a la de Àngel. Lo adelantamos a unos 120 Km./h entre Zaragoza y Lleida, ya en la autopista A-2. Contactamos con él por las emisoras y lo primero que nos suelta es “¡pero que les ponéis a estas autocaravanas para que corran tanto!” Ahí empieza una agradable conversación que nos ameniza un buen tramo del viaje. Nosotros aminoramos un poco la marcha y el nos cuenta que es prácticamente el primer viaje con la autocaravana, y que está obsesionado con la 5ª marcha que no tira. Nosotros le explicamos que no hemos hecho ninguna modificación en las nuestras, pero que tras 60.000 Km. el motor empuja como una seda en 5ª y que si viene un repechón se pone 4ª y no pasa nada. Desde aquí te mando un saludo, amigo Frank, si es que tienes oportunidad de leer este relato.
Llegamos a Barcelona muy tarde y muy cansados, pero ha sido un bonito viaje a pesar de algunos raros incidentes. En nuestros recuerdos desfilan las dunas del desierto, el frescor de la arena en la madrugada, la inmensidad de la Hammada, la altivez de los beréberes vestidos con sus elegantes ropajes, el verdor de los oasis entre la aridez del paisaje, el barullo de Hemaa el Fna, las historias de Abdul el gandul, la plasticidad de Âït-Benhaddou, las tortuosas callejuelas de la medina de Fez, los monos del bosque de los cedros, el anciano desdentado que nos enrolló serpientes en el cuello, el pescado fresco de Asilah, el espectacular palacio de Telouèt, la admirable labor de las mujeres de la Asociación de Hassi Labied, la haima de los nómadas en medio de la nada… son muchas cosas, muchos olores, colores, sonidos, sensaciones, mucho para recordar y para retener. Hay que volver, y volveremos.
EN EL NOMBRE DE DIOS, EL CLEMENTE, EL MISERICORDIOSO
Barcelona, 6 de febrero de 2005

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